#22

de: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

para: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

fecha: 28 nov 2021, 19:35

asunto: Re: URRACCA


Querido hermano,

me gustó mucho tu URRACCA de la semana pasada, esa suerte de fragmento de tu biografía emocional-vocacional. Yo también quiero, como te dije la última vez, empezar a escribirte mi biografía emocional aquí en URRACCA, pero no va a ser esta semana, no al menos de una manera central y exclusiva, no todavía. Creo que, cuando lo haga, tendré que empezar hablando de mi anhelo de éxito. El éxito, para mí, significa la admiración de los otros, el reconocimiento unánime. Es decir, el éxito que yo anhelo es un imposible: es mucho más que el reconocimiento, es casi una reverencia de la historia. No sé bien a qué achacar esa necesidad desmesurada de obtener el reconocimiento de los demás. Recuerdo un episodio de mi infancia: yo debía de estar en tercero o cuarto de EGB (Educación General Básica, ocho o nueve años) y sacaba sobresalientes en todas las asignaturas. Así había sido siempre y yo sentía que no había nada extraordinario en ello, que era mi obligación y era natural. Al mismo tiempo sentía que el amor de mis padres estaba directamente relacionado con esa excelencia académica: ellos no me premiaban por los resultados pero sin duda quedarían decepcionados, sentía yo, si bajaba el nivel. Un día el profesor de matemáticas nos devolvió un examen que habíamos hecho. Yo esperaba un diez sobre diez, como mínimo un nueve (nunca bajaba de nueve), pero me encontré con un cuatro: insuficiente. Me sentí profundamente avergonzado. Al salir del colegio me acerqué hasta mi madre, que me esperaba en la puerta cubierta con su suave abrigo de piel sintética. Le enseñé el examen y me eché a llorar, desconsolado. En lugar de obtener su compasión, su consuelo, recibí una bronca: se trataba sólo de un examen, no era tan importante, no era para ponerse así, no era para llorar, en el próximo podría mejorar la nota, etcétera. No quedé aliviado sino desconcertado. Entonces, ¿no importaban mis logros?, ¿no era tan importante lo que yo hiciera?, ¿mis padres me querrían igual tanto si me esforzaba como si no, tanto si mis resultados eran brillantes como si eran mediocres? A partir de ese día empecé a aplicar en mi vida la ley del mínimo esfuerzo. Como era listo y talentoso, estudiaba lo justo para aprobar, ya que el amor de mis padres no dependía de mis éxitos. Quizá lo hice, inconscientemente, para castigarlos.

Toda mi vida he buscado el éxito otra vez, recuperar la excelencia, el sentimiento de suficiencia e integridad que yo experimentaba antes de sacar aquel 4 en matemáticas, lo busco porque sé que tengo capacidades para obtenerlo, que soy, por decirlo así, una persona especial, pero a la vez me falta la base, el suelo que no he cultivado, herramientas para vivir en occidente, para lo contemporáneo, valores protestantes como el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio. Soy católico, y rezo para que el éxito llegue. Sé que así no llegará, pero aún así rezo. Quizá este sea el motivo, en el fondo, por el que vine a Alemania, para intentar aprender todo lo que me falta para aprovechar al máximo mi talento y alcanzar la cima. No siento que lo haya logrado. Por momentos siento que estoy cerca de obtener las herramientas para ponerme en marcha. ¿Es tarde?

Con algo así, quizá, empezaré mi biografía emocional cuando empiece a escribirla para URRACCA. Pero hoy, ya lo hemos dicho, aún no estamos en eso. Hoy estamos en que ayer ordené mi escritorio, lo limpié a fondo y quedó como una de esas llanuras interminables de los westerns de John Ford. Guardé en un cajón siete u ocho cuadernos y decenas de hojas sueltas con anotaciones e ideas que, en un principio, iban a entrar en Alana. Había frases y textos muy bonitos. “La verdad es siempre inverosímil”, decía en uno, y me preguntaba si yo, en el momento en que escribí eso, quería decir lo que yo ahora (una persona distinta) entiendo que significa. En fin, guardar todos aquellos escritos fue como renunciar a cumplir una hermosa promesa, pero al mismo tiempo fue, cuando vi la mesa limpia y dispuesta y esperándome, como empezar, de hecho, a cumplir la promesa. Es curioso que yo siempre me he considerado un escritor de contenido, un escritor con muchas cosas que decir. Te puedes imaginar lo que me cuesta renunciar a todas esas ideas y frases brillantes. Lo hago porque ahora no me veo como un escritor de contenido, de ideas, de frases o párrafos sublimes. Soy capaz de renunciar a todo eso. Supongo que antes, a través de la literatura, trataba de darle voz a la tragedia y a la alegría, los dos polos que protagonizan y equilibran mi periplo existencial. Y ahora, sin embargo, estoy más interesado en la forma pura. Es como si ya no me importara nada el qué sino sólo el cómo, como si el argumento y el contenido del libro se hubiesen convertido en una excusa para vehicular una energía concreta, que se articula exclusivamente a través de la forma. No me gusta demasiado todo esto, ni tampoco me disgusta. Es lo que hay ahora y lo asumo. Digamos que yo me miraba en el espejo de Dostoievski y ahora me miro, digamos, en el espejo de Duchamp. Algo por el estilo. No puedo ir en contra de ello. Parece que en mí, aunque aprecio y admiro con toda mi alma la literatura de contenido, escribir se va convirtiendo en esculpir, en un trabajo relacionado con las artes plásticas, más conceptual, más intelectual, más distante, más frío.

Además de limpiar y ordenar la mesa, me queda limpiar los ordenadores y redactar una propuesta editorial para enviar Alana a editores y agentes literarios (botella al mar). Y me queda también redactar “Máster de Juglaría”: es mi proyecto dentro de un proyecto que se titula Ping-pong y que voy a presentar a la Embajada de España junto con Felipe (Talo), Joan (Saló), Antonio (Mesones) y Sergio (Belinchón). Todos son artistas plásticos. La cosa es que nosotros cinco jugamos al ping-pong en un parque todos los miércoles de marzo a octubre, y ahora vamos a presentar cada uno una idea en la que también participe (ping-pong, toma y daca) un artista alemán. Esa es la idea. Crear puentes con el lugar en el que vivimos, oponernos al aislamiento. Habrá que redactarlo bien para que tenga alguna posibilidad. Felipe quiere colaborar con una chica que se llama Karola y que es artista y comisaria de arte: ella quiere hacer una guía por el exterior del Memorial de Sachsenhausen; Felipe quiere tomar el relevo de la guía en el interior y conducir a la gente hasta una exposición suya compuesta por obras suyas que continúan la obra inacabada (cuadros y dibujos) de un preso real. Antonio quiere invitar a un DJ a que dialogue con su obra. Sergio quiere construir la maqueta de una especie de cabaña-chabola que está al lado de su casa y hacer fotografías fantasmagóricas de su propietario. Joan quiere pintar una tela pequeña, enrollarla y meterla en un agujero de una escultura de piedra de Ulrich Rückriem que está detrás de la Neue Nationalgalerie, y dejar ahí la tela unos meses y luego sacarla y exponerla. Y yo quiero recuperar la tradición de los juglares y reinventarla, así que me propongo ir al Mauerpark con mi amplificador y mi micro y colocarme en un punto central -allí hay un graderío- a recitar de memoria el Plano Subjetivo. Mario Gomes, un escritor alemán-portugués que domina también el español (ahora tiene una plaza de lector del DAAD en Concepción, Chile), traducirá el texto, de manera que yo podré invitar al Máster de Juglaría a hispanohablantes y también a germanohablantes, ya que estos últimos encontrarán el texto bilingüe en un cuadernillo. El Máster de Juglaría se registrará en vídeo. Eso es todo. Tengo que escribir un folio explicando mi idea y colaborar luego con estos cuatro en la redacción del proyecto. No me llevará mucho tiempo. Si sale, habrá pasta; si no, sin pasta, quizá lo haga de modo más austero de todas formas. De cara a la primavera, por supuesto. Me apetece mucho. Y más aún me apetece empezar con "Cubismo".

Aquí te comparto lo que hicimos María y yo para Rimini Protokoll, por si en una de esas le quieres echar un ojo: https://www.rimini-protokoll.de/website/en/project/the-walks. El código, para que no pagues la app una vez descargada, es 5PZJ. Mi voz y la de María narran algunos de los "Walks" en español.

Tengo muchas ganas de verte con calma, querido hermano. Lo del otro finde nomás me dejó con ganas de platicar largo y tendido, y caminar. Aquí te espero, y planificaré o planificaremos muy pronto otra escapada a la hermosa Praga. 

Te quiero mucho. Saludos a las cracks. Espero que estéis bien. Ojalá sigas escribiendo todas las mañanas. Abrazos inmensos.

Juan.

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