#21

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 21 de noviembre de 2021 07:39 a. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: URRACCA


Juglar querido,

Fue hermoso verlos ayer, aunque haya sido un encuentro mucho más breve de lo que originalmente teníamos pensado (y a la vez, un encuentro muy preciado dadas las extrañas circunstancias que se impusieron en esta última semana). Esos pocos minutos que compartimos ayer fueron suficientes para hacerme notar que María y tú tienen un vínculo fuerte, un puente de concreto: son dos personas que están mirando en la misma dirección (lo cual, para una pareja, es más importante incluso que saber hacia dónde mirar). Los vi, como diríamos en México, en el mismo canal, y no solo en lo que respecta al futuro, también en el presente, es decir, en su forma de estar: de caminar, de comer, de beber, de charlar. Me alegro mucho por ella, por ti, por ustedes. Encontrar el amor, un amor así, es un golpe de suerte, y nosotros, Broder, somos en ese aspecto (y en muchos otros) muy afortunados. 

Y ahora de nuevo, tras esta proximidad extrema (nos tocamos, incluso) comienza a abrirse nuevamente una brecha física entre nosotros, con la cual, de cierta forma, adquiere más validez o más razón de ser nuestra correspondencia en URRACCA (porque escribirte ahora, tras haberte visto hace unas horas, te confieso que es un poco extraño: me siento como si estuviera intentando confesarte algo, o decirte algo que no pude expresar ayer en persona, que no es el caso). 

Dicho lo anterior, te confieso (esta vez sí es una confesión) que tengo la impresión de que hoy no tengo mucho que decir, ante lo cual lo más sabio (prudente, correcto) sería terminar mi carta aquí, y es lo que voy a hacer. A cambio de ello (de mi escasez de palabras) te comparto el primero de esos textos que comencé a escribir en las mañanas, a raíz de nuestra conversación. Lo hago porque de cierta forma está relacionado contigo (tú me motivaste a ello) y porque forma parte de mi biografía emocional.

Buen regreso a casa, Odiseo. 

Te quiero

Alessandro 

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18/11/2021 

 

La idea es escribir, así nomás, nomás porque sí. Recuperar aquí el hábito de escribir y tirar para delante, sin preocuparme por cada frase, cada línea, cada idea que tecleo. La idea de estas páginas (de este archivo digital en formato Word) será simplemente escribir, volcar letras por el gusto mismo de hacerlo, que en mi caso muy particular tiene que ver también, al menos en parte, con el gusto de teclear, de escribir así de rápido, algo que rara vez aprovecho cuando estoy haciendo literatura.  

La idea es escribir. ¿Pero cuándo se me metió esto en la cabeza? ¿Cómo es posible que jamás me lo he preguntado seriamente? Recuerdo, claro, ese punto de inflexión, aquella vez que caminaba por las calles blancas y nevadas de San Petersburgo, después de haberme encontrado con Katya Besmertnaya, y que de pronto pensé o me dije a mí mismo, con contundencia: soy un escritor, quiero ser un escritor, quiero convertirme en escritor. Recuerdo que era invierno (obviamente) y que estaba a punto de volver por primera vez a México después de casi un año de estar fuera. Sería entonces diciembre, diciembre de 2010, hace casi once años. Bueno, pues recuerdo con claridad ese punto de inflexión, (el cual sí pasó así en realidad, aunque me cueste trabajo creerlo). Pero más allá de ese momento en específico: ¿qué me llevó a decidir eso? ¿Por qué la escritura y no, digamos, actuación, o canto, o arquitectura, o historia, o política? Recuerdo que ese mismo verano, algunos meses antes, había terminado de escribir lo que consideraba mi primer cuento, que se titulaba Insomnio y narraba más o menos mi amorío con la finlandesa Sal. Era un buen relato, fresco y simpático, de cierta forma era un espejo de cómo yo era en esos días. Luego de ese relato me parece que escribí un segundo, El gallo en Cuernavaca, empujado por algo que me dijo Pablo una vez, sobre que debía escribir de lo que más conozco, sobre algo muy próximo a mí. Ese cuento sigue siendo de lo mejor que he escrito. (¿Y por qué en aquel entonces tenía tal facilidad, o lo que al menos ahora me parece tal facilidad, para sentarme a escribir y darle continuidad a un relato? ¿Cuándo empezó está trabazón, esta imposibilidad de sentarme a escribir más allá de un párrafo antes de sacar el hacha y destruir cada frase, cada palabra?). Así que había escrito máximo dos relatos en esos meses en San Petersburgo, y eso ya me había bastado para tomar esta decisión tan radical, ese giro de tuerca que en gran medida ha seguido definiendo mis días hasta ahora, hasta este mismo ejercicio en que me siento a escribir esto a toda velocidad cual caballo desbocado, con la última intención de poder seguir escribiendo, es decir, de poder cumplir a la promesa que me hice ese día frío y azul de San Petersburgo, hace once años, cuando sentí por primera vez que me crecían alas en la espalda, cuando intuí por primera vez que podría volar. Y creo que de cierta forma esa decisión tajante que tomé ese día está relacionada con esa sensación alada que comencé a experimentar en San Petersburgo, esa libertad dulce donde me sentí vivo por primera vez, vivo a través de mí mismo y no a través de otras personas, no a través de mi familia y mis amigos de siempre, sino a través de mi soledad preciada: mi libertad. Entonces mi decisión de escribir está ligada de cierta forma con esa ansiada libertad, con esa posibilidad de ser yo mismo, de encontrar y forjar mi camino, y de sentirme especial.  

Muy bien, ya nos vamos adentrando. Pero el enigma sigue intacto: ¿por qué la escritura y no otra disciplina artística o creativa? Bueno, pues porque escribir era en realidad la única disciplina artística o creativa que sabía hacer moderadamente bien, la única en la que había tenido un discretísimo reconocimiento previo. ¿Cuál reconocimiento? Aquí me remito a Tex, quien es quizás el verdadero promotor de esta locura, de esta ingenuidad. En sus clases descubrí la literatura. Ya me gustaba leer desde antes (el primer libro que leí, lo recuerdo claramente, fue Simbad el marino, un librito con tapa verde, y creo que en parte lo leí porque a mi mamá le dio tanto gusto verme leer —ahí hay otra pista—) pero fue Tex quien comenzó a desvelarnos verdaderamente el hondo misterio de la literatura, incluso en adolescentes como yo que éramos profundamente superficiales, y no lo digo como una crítica sino constatando una simple verdad: en aquel entonces yo no buscaba profundizar, sino acercarme a la superficie y romper con ella, estaba demasiado ocupado con lo inmediato, con mi cuerpo y las risas y la enorme presión de estar en esa nueva jungla llamada secundaria, de modo que me parece casi un milagro que en ese estado mental y existencial Tex haya sido capaz de inculcarnos ese misterio ancestral que es la literatura. Y fue en sus clases, los miércoles, cuando todos empezamos a escribir. Con todos me refiero a todos los miembros de mi clase, todos aquellos quienes fuimos alumnos de Tex, todo aquellos quienes descubrimos ahí que a todos nos gusta escribir, porque no he escuchado a nadie quejarse jamás de esos ejercicios en que Tex definía una palabra suelta en el pizarrón y nosotros debíamos construir un breve relato que contuviera esa palabra, o que tratara sobre ella, a lo largo de una ficha de papel (¿dónde están esas fichas? Recuerdo que yo tenía mi compendio, mi primer volumen de escritos con esas fichas, pero ya no sé dónde quedaron. Me gustaría hojearlas, ojearlas una última vez, reírme un poco y luego quemarlas, una por una). Pero no sólo eso: al día siguiente Tex llegaba al salón de clases y leía en voz alta aquellos textos que más le habían gustado, sin revelar el nombre del autor o la autora para no dejar a nadie en evidencia, y eran instantes de gloriosa espera cuando lo veíamos sentado sobre el escritorio (no detrás del escritorio) y comenzaba a leer los relatos elegidos, y ahí ocurría el sobresalto eléctrico cuando de pronto escuchabas el título del tuyo, y en su voz de experimentado lector comenzaba a dar vida a lo que habías escrito, una sensación maravillosa de triunfo y orgullo que muchas veces pude disfrutar. Y quizás fue ahí, en ese inocente ejercicio escolar, donde creció la intuición, posiblemente infundada, de que yo podía escribir, y que escribía mejor que los demás, y cuando en quinto de preparatoria el propio Tex organizó un concurso de relatos más extensos, yo me senté y escribí mi primer cuento como tal, se titulaba El comensal y trataba sobre un tipo que iba a un restaurante donde se había citado con una mujer, pero la mujer al parecer venía con retraso de modo que el hombre comienza a pedir un aperitivo, luego una entrada, luego el plato fuerte hasta llegar al postre, siempre mirando en dirección a la puerta por si ocurriera que ella llegara de pronto a la cita. Cuando el hombre termina de cenar, se pone de pie, se enfunda su abrigo y se encamina a la salida del restaurante. El maitre se despide cortésmente de él, llamándolo por su nombre y diciendo Hasta mañana. Creo que era un buen primer cuento, y con él obtuve el segundo lugar del concurso (quien ganó fue Andrea Cárdenas, con un relato que me pareció en aquel entonces cursilón, aunque quizás era pura envidia lo que sentí). Fue ahí, me parece, con ese manojo de indicios, donde comenzó todo: esta locura, esta terquedad, esta maravillosa anuencia hacia una vida literaria. Y no me pienso rendir. No todavía.  

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