#23

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 5 de diciembre de 2021 05:39 p. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: URRACCA


Broder querido,

No sé si lo sabes, y no sé si a ti te ocurre lo mismo, pero yo siento una pasión desmedida por las personas que hay detrás de los artistas que me alebrestan el corazón. No es una simple curiosidad por saber dónde nacieron o cómo y cuándo murieron, no son datos lo que persigo. Me interesa su aspecto en fotografías o retratos, escuchar sus voces durante entrevistas, verlos responder y reír, mostrar los dientes, fumar, torcer la boca, acariciar un gato, beber un vaso de agua. Me gusta leer anécdotas sobre ellos, testimonios de amigos, amantes, hijos; chismes y encuentros fortuitos con desconocidos. De estas indagaciones he comprobado que afortunadamente el único patrón que hay en todos ellos es su naturaleza humana, y que por lo demás las diferencias abundan. Los hay como rocas: pedantes y seguros de sí mismos; los hay endebles y ligeros como mariposas; algunos se dicen iluminados, felices, navegando un mar Caribe; otros, en cambio, se muestran torturados, inseguros, y persiguen la creación como un paliativo para el gran dolor que les quema el pecho. 

Esta semana leí otro de los libros de Taschen que traje de México, esta vez sobre Klimt. Me conmovió profundamente. A diferencia de otras biografías de esta colección, en el caso de Klimt no hay ahí casi nada sobre su vida personal, a penas unos esbozos a partir de las fechas cuando hizo tal o cual pintura, el año en que participó en esta o aquella otra exposición, la vez que se encontró con este o aquel personaje. Existen pocas fotografías sobre él, creo que nunca se casó ni tuvo hijos y, cosa rara para un pintor, jamás hizo un autorretrato. De modo que pareciera que, en el caso de Klimt, su faceta de artista eclipsa y oculta por completo a la persona y, por lo tanto, su faceta de artista no es una faceta sino su vida misma: el artista indisociable del hombre. Creo que eso es lo que me conmueve: la entrega absoluta, maniática, total hacia su creación y su senda de artista. Pensaba al respecto que si el arte fuese una institución religiosa a semejanza del catolicismo, Klimt sería uno de esos santos o beatos que han sido canonizados por sacrificar su vida a Dios; ese tipo de efigies ante los cuales uno se arrodilla y reza para pedir que intercedan por nosotros, nosotros los pecadores, nosotros los que no tenemos esa fuerza y esa entrega y esa fe inquebrantable que tuvieron ellos. Porque al final de cuentas es por eso que me conmueven tanto los artistas totales como Klimt: porque yo no soy y nunca seré como ellos, porque mi faceta de artista es y seguirá siendo eso, una faceta, una de mis muchas caras, porque yo soy pecador: además de artista soy padre, esposo, amigo, hijo. Amo profundamente al Dios de Klimt, lo venero como a ningún otro Dios, pero tengo también otros dioses que me reclaman atención y sacrificios cotidianos. Porque yo soy politeísta, broder, y no sólo ya hice las paces con ello sino que me siento afortunado por serlo. Yo no sé si Klimt tuvo jamás la dicha de sentir un amor tan fuerte y puro como el que yo siento por Elena. 

Decías en tu carta que cuando escribas tu biografía emocional deberás comenzar a trazarla a partir de tu anhelo de éxito y tus ganas de ser admirado. Me sentí plenamente identificado. Yo he pensado mucho en ello durante estos últimos años, pero tampoco tengo muy claro de dónde me surge esa necesidad. De cierta forma creo que es algo que todos los niños pequeños desarrollan más o menos a la edad de Lenú, esa sed de atención y aplauso aunque luego, con el paso del tiempo, maduran, crecen, se dan cuenta de que no son especiales ni ocupan el centro del universo. Entonces podría concluir que yo nunca he trascendido esa etapa infantil, porque gran parte de mi búsqueda artística surge precisamente del tratar de demostrar(me) que soy alguien especial, y con ello poder reclamar aplausos y mi trono en el centro del universo. Antes y hasta hace poco me avergonzaba de ello y jamás me hubiese atrevido a confesarlo en voz alta, porque eso me hacía dudar sobre lo genuino de mis pulsiones artísticas y mi proceso creativo, y por ende me impedía llamarme a mí mismo artista o escritor en ciernes. Ahora me parece que la única forma de lidiar con ello es, en primer lugar, aceptando esa condición infantil, saberme todavía niño, y con ello sacar a la luz esa vanidad que murmura entre sombras, esa sed de reconocimiento, porque solo así, mirándola de frente, podré transformarla en carburante para seguir creando, y solo entonces, quizás, algún día podré crear algo tan potente que logre atraer la atención sobre mi obra y me libere a mí, Alessandro, del espejismo. Tengo fe en que así será. 

Hace un par de años, en Sevilla, llevamos a Lenú a una exposición interactiva sobre Klimt, similar a la que fuimos aquí contigo sobre Van Gogh. Aquella otra vez, en Sevilla, la pasamos bien porque el montaje estaba mejor logrado que en el de Praga (y además no estábamos crudos), pero sobre todo porque Elena se pasó todo el rato persiguiendo las luces, maravillada ante lo que sucedía a su alrededor. De la exposición como tal (si es que eso puede llamarse exposición; yo lo llamaría espectáculo) lo único que se me grabó fue una frase de Klimt: "Una vez que termino una pintura, no quiero perder meses en justificarla ante la multitud. Para mí, la clave no está en saber a cuánta gente le gusta, sino a quiénes les gusta". Leo eso y pienso en Alana. Leo eso y entiendo por qué nos resulta desagradable escribir las propuestas editoriales.

Esta semana le compré a Juliette un regalo de Navidad: una reproducción del Retrato de Adele Bloch-Bauer I de Klimt. La compré tan grande como pude. Te adjunto una foto para que veas cómo quedó. Me encanta, y espero que muy pronto María y tú puedan venir a verla en persona, porque significará que estaremos aquí los cuatro (los seis) sentados a la mesa. 

Te quiero mucho, Juglar.
Seguimos en contacto. 

P.D. Me pareció redundante especificarlo porque espero que te resulte evidente: me ha hecho tanto, tanto bien seguir tu recomendación de escribir todos los días. Gracias, hermano. 

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