#29
De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 16 de enero de 2022 10:03 a. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: URRACCA
Broder querido,
Esta semana las musas se fueron de vacaciones y no me ha resultado muy fácil escribir, ni siquiera escribir por escribir como intento hacer en las mañanas y también aquí, en URRACCA. Pero así es esto. No te lo cuento a modo de queja ni lamento, más bien como advertencia de que hoy no tengo muy claro cómo habré de navegar, sin mapa, esta carta que te escribo con gusto y cariño.
Pero la vida misma, en contraste, brilla y despunta. Elena se está expandiendo y ahora su forma de experimentar el mundo transcurre por la descripción de lo que la rodea. Estar con ella es como compartir tu tiempo con un gran perico, simplemente no le paras la boca, y a veces dice unas cosas dignas de Whitman. Ayer, por ejemplo, la encontré mirando por la ventana y la escuché decir, en francés: el cielo de noche es la luna. A veces mezcla español y francés en la misma frase. Otras veces dice cosas ininteligibles que quizás son sus primeras palabras en checo o los últimos restos de su lengua primigenia. Elena, como todo niño, es una artista de vanguardia.
También el vientre de Juliette se está expandiendo. El big bang. Todos los días se me olvida o pierdo de vista que eso también está sucediendo, y entonces me paso la tarde pensando en literatura, en argumentos, en intentos fallidos, en personajes que saltan en mi cabeza o en el cuento de Alice Munro que acabo de leer, hasta que Juliette me dice: mira, ven, siente, se está moviendo. Y entonces dejo el libro abierto sobre mis piernas o dejo de pensar en literatura y coloco mi palma abierta sobre el bajo vientre de Juliette, sobre esa zona donde curvea milagrosamente su cuerpo, y enfoco por algunos segundos toda mi existencia en la palma abierta de mi mano que yace ahí, expectante, casi incrédula como la mano de Santo Tomás, hasta que de pronto siento una pulsación, un movimiento brusco pero sutil, una patadita que me transmite electricidad y me devuelve la fe y me recuerda que a veces, solo a veces, hay cosas más importantes que la literatura.
En el párrafo anterior mencioné a propósito, como abriéndole el camino o pregonándola, a Alice Munro. ¿Ya hemos hablado de Munro? Supongo que sí, porque es una de mis obsesiones recurrentes. No sé si la has leído, pero a menudo creo que es la mejor escritora en vida. No puedo invocar a ningún otro escritor que no haya sido bañado por el oro de la muerte que pueda igualar el peso tan compacto de la literatura de Munro. Sus cuentos (ella solo escribe cuentos) son como pequeños agujeros (hoyos negros) que logran profundidades insospechadas para una circunferencia tan acotada. Leer un cuento de Munro es leer una novela en 30 páginas, y uno acaba conociendo a sus personajes como si hubiese pasado con ellos semanas enteras. Leer a Munro me recuerda que una de las cualidades que más envidio (admiro) en los escritores que admiro (envidio) -tú entre ellos- es la sutileza, la contención, la cualidad de ser sugerente y encontrar la frase exacta que es como un espejo que duplica, de pronto, el espacio de una sala. Porque la verdadera literatura también es eso: pulsaciones bruscas pero sutiles bajo una piel delgada, pataditas que nos hacen recordar el misterio de la vida y la concepción: el origen del universo en la posibilidad de expansión y entropía. El big bang.
Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. [Juan-Juglar, 20:29]