#33

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 13 de febrero de 2022 06:25 p. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: URRACCA


Querido Juglar, 

Tu última URRACCA me confirmó esa maravillosa e improbable (por constante) afinidad que tenemos, incluso cuando nuestros procesos creativos están, o estaban, en momentos diferentes. En concreto me sentí muy identificado con tu reivindicación de esa lente discreta, el cincuenta milímetros (fue uno de los títulos que barajé para mi novela: 50mm). Yo también me suelo extraviar cuando observo mi escritura con zoom o desde un gran angular. Quizás lo que perseguimos tú y yo con la escritura es una revelación íntima, algo que está más próximo a una mirada que a un argumento narrativo: la mirada de la experiencia humana, nuestra mirada de la experiencia humana. Y a fin de cuentas la lente que más se parece al ojo humano es el cincuenta. Recordarlo y repensarlo a raíz de tu carta me ha servido mucho en estos últimos días. 

Como sabes, he pasado algunas semanas un tanto perdido con mi escritura. La frustración que sentía estaba exacerbada porque era como si hubiese extraviado la vereda justo después de haberla encontrado, algo así como perderse dos veces en un mismo recorrido. Pero las lecciones de lo que aprendí esa primera vez que estuve extraviado (justo antes de escribir mi último relato) me ayudaron a reencontrar el camino (reencontrarme caminando) tras esta segunda vez que perdí el norte. Y este segundo extravío, a su vez, me ha ayudado a recordar que estar extraviado es también parte inherente del proceso creativo: crear es encontrar, y encontrar es salir a buscar. 

El azar de las lecturas que llegan a mis manos siempre me ha maravillado (a menudo siento que estoy leyendo precisamente lo que tendría que estar leyendo), y lo que leí esta semana también me sirvió de brújula: Los lirios del campo y las aves del cielo es un breve ensayo que consta de tres discursos religiosos en los que Kierkegaard disecciona un pasaje (6.24) del evangelio de Mateo. Kierkegaard utiliza a los lirios y a las aves para ejemplificar la forma en que los seres humanos tendríamos que aproximarnos a Dios. Para mí, al menos ahora, mi Dios es la escritura (o uno de mis dioses; ya te advertí en otra de mis cartas que yo soy politeísta), y por ello me tomé la libertad de adoptar y adaptar las conclusiones de Kierkegaard para mi proceso creativo. 


En primer lugar, Kierkegaard apunta al silencio como una de las grandes virtudes de los lirios y las aves en su aproximación a Dios. Los lirios y las aves, por ejemplo, esperan en silencio la llegada de la primavera: saben que vendrá. En cambio, los humanos siempre queremos hablar, enunciar, quejarnos de nuestros pesares. Pero rezar, dice Kierkegaard, no es hablar, sino aprender a guardar silencio para ser capaces de escuchar a Dios. En mi interpretación, Kierkegaard me está diciendo que debo guardar silencio ante el proceso creativo de la escritura, es decir, dejarlo hablar a él, callarme para escucharlo, y no tratar de imponer lo que yo, antes de sentarme a escribir, quisiera decir o contar. Es casi una invitación a aproximarme a la escritura con la cabeza vacía, con la fe de que mi Dios estará ahí y me dirá lo que tengo que escuchar para luego plasmarlo en palabras (como Mahoma y el Corán). 

En segundo lugar, Kierkegaard habla de la obediencia incondicional como requisito indispensable para acercarse a Dios. Dice Mateo que dijo Jesús: Nadie puede servir a dos amos, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. En mi interpretación, los dos amos a los que no puedo servir son la escritura y la fama, o la escritura y el reconocimiento, o la escritura y las publicaciones, o la escritura y todo lo que tiene que ver con la escritura pero que no es la escritura en sí misma. Kierkegaard señala que en la naturaleza todo guarda una obediencia incondicional hacia sí mismo y hacia Dios. Los lirios y las aves (las urracas entre ellas) nunca dudan de lo que son, del destino que les corresponde, incluso cuando están en situaciones adversas. La flor más hermosa del mundo florecerá incluso si a su alrededor solo hay podredumbre y no hay ojos que podrán maravillarse de su hermosura; florecerá incluso si sabe que al florecer morirá, porque su obediencia es absoluta, incondicional. Curiosamente, esa obediencia también es liberadora: libera del peso de la duda. Los humanos, en cambio, somos expertos en dudar, en hacer las cosas a medias. Mi interpretación de esto es que debo guardar una obediencia incondicional hacia la escritura, es decir, que lo único importante es escribir, sin poner en duda el llamado de mi vocación literaria (mi fe) y sin importar lo que suceda afuera de ella: ocuparme de escribir y nada más, porque la primavera y lo demás llegarán por sí mismos (en pleno invierno, hoy ha sido un día templado y azul: un augurio de primavera). La obediencia y la disciplina son dos caras de la misma moneda. 

En tercer lugar, Kierkegaard habla de la alegría como elemento necesario de la aproximación a Dios. Los lirios florecen y las aves cantan no sólo porque están felices, sino porque florecer y cantar es parte de lo que son, y son felices siendo lo que son. Dice Mateo que dijo Jesús: No os preocupéis por el día de mañana, porque el día de mañana se preocupará por sí mismo. Basta a cada día su propio mal. Los lirios y las aves son felices porque habitan exclusivamente el presente continuo. ¿Qué es la alegría o qué es sentirse alegre?, pregunta Kierkegaard. Su respuesta: estar presente en uno mismo. Pero estar presente en uno mismo es estarlo hoy, es estarlo siendo hoy: es serlo hoy. Y los lirios y las aves están alegres y son alegría precisamente porque mediante el silencio y la obediencia incondicional están presentes en sí mismos ante Dios. Mi interpretación en este caso se parece mucho a lo que tú has venido repitiendo últimamente: la importancia de acercarse a la escritura con alegría, con la misma naturalidad del florecer de los lirios y del cantar de las aves.Y esa alegría en la escritura sólo se puede encontrar cuando uno habita la escritura en presente continuo (como el sólo por hoy de Alcohólicos Anónimos) sin preocuparse del mañana, del resultado, de lo que será eso que estamos escribiendo hoy. Seamos felices porque estamos escribiendo, es decir, seamos felices porque estamos siendo lo que somos, y tú y yo, broder, somos escritores. 

Esta semana encontré de nuevo la vereda. Con silencio, obediencia, y alegría estoy aproximándome Dios. Día a día, paso a paso, palabra por palabra. 

Gracias por compartirme tu silencio. 
Gracias por compartirme tu obediencia.
Gracias por compartirme tu alegría. 
Siempre has sido un gran ejemplo para mí. 

Te mando un abrazo inmenso, Juglar querido. 

Alessandro

P.D. Te adjunto una foto que tomé esta mañana de una urraca. Mírala: feliz, silenciosa y obediente recibiendo el nuevo día, siempre el día de hoy. 

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