#35

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 27 de febrero de 2022 07:21 p. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: URRACCA


Broder querido:


Anoche pensaba que hay un aprendizaje elemental en la forma en que los calendarios se repiten cada once años. Por ejemplo, el 27 de febrero de 2011 también fue domingo. En aquel entonces tú y yo no nos conocíamos aún. Yo vivía en San Petersburgo y supongo que aquel domingo fui a jugar futbol o estaba crudo o amanecí con una chica cuyo nombre ya he olvidado. O tal vez estuve escribiendo alguno de los relatos cortos que mandaba cada dos semanas a una revista electrónica llamada La idea lista. ¡Cuánto me gustaría revivir ese domingo, desde fuera, y observarme a mí mismo con 23 años a lo largo de un día completo, habitando ese presente denso y ruso que ahora imagino salvaje, luminoso, desbocado, inocente! De igual forma, estoy seguro de que el domingo 27 de febrero de 2033, donde sea que me encuentre (si es que aún me encuentro) diré que lo daría todo por poder mirarme a mí mismo a lo largo de este domingo cualquiera, once años atrás, y revivir desde fuera esta lejana mañana en que vivía en Praga y fui con Juliette y Elena a un salón de juegos infantiles, y verme dando saltos en un trampolín, escuchando las carcajadas de mi hija, y luego mirar nuestro trayecto de regreso a casa a bordo del tranvía número 6, y compartir nuestra comida de ensalada con pelmenis, y luego acompañarme caminando hasta esta cafetería en la esquina de la calle Taborská para verme escribir esta carta para ti. Y sé que recordaré con asombro el hecho de que en aquel entonces mi Lenú no tenía ni siquiera tres años de vida, y que mi hijo aún estaba habitando el vientre sagrado de su madre; y sé también que juzgaré con enorme ternura y respeto la manera en que en ese entonces (en este preciso instante) me comía la cabeza y me esforzaba genuinamente por seguir siendo escritor.

En ese mismo sentido, una de las cosas que más disfruto de vivir en Praga es la presencia tan marcada de las estaciones. Ahora que ya se asoma la primavera miro hacia atrás y siento una dulce nostalgia por el otoño pasado en que Juliette, Elena y yo solíamos ir al parque para caminar y jugar con los montones apilados de hojas secas. Pero lo hermoso o el alivio está en saber que el otoño vendrá de nuevo con sus mismos montones apilados de hojas secas, y que antes del otoño habrá otro verano como este último en que te apareciste por nuestra rutina, cuando los cuatro chorreábamos sudor, en shorts, bajo un sol inclemente que, en el frío de este domingo de invierno, parece un sol imposible, impensable. 

Por eso creo que una de las distorsiones más crueles de esta supra-modernidad que habitamos es la forma en que miramos el tiempo como una flecha que avanza en línea recta desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Porque basta con abrir bien los ojos para comprobar que a nuestro alrededor el tiempo se despliega de manera cíclica, y que nosotros los humanos avanzamos más bien en círculos concéntricos, orbitando ese sol denso que es nuestro destino o nuestra muerte y cuya masa y fuerza de gravedad van aumentando con cada vuelta, de modo que nuestros círculos se hacen cada vez más cortos (y quizás por eso nos parece que el tiempo avanza cada vez más rápido conforme uno se hace más viejo).

A lo que voy es que esta semana yo tampoco estuve muy bien con la escritura. Me sentí nuevamente extraviado y no logré avanzar en nada de lo que tenía pensado escribir. La semana anterior –que había sido buena– estuve escarbando en fragmentos descartados de mi novela, cosas que escribí hace cuatro años, para ver si de ahí podía trenzar algo nuevo. Uno de esos fragmentos ocurría en Toulouse y se interrumpía en el momento en que empezaba a describir una película. Intuí que la película debía transcurrir en una habitación de hotel y consistir de un único plano secuencia, en blanco y negro, y eso (la película) fue en gran medida lo que estuve escribiendo la semana anterior. Sin embargo, a principios de esta semana releí todo y, aunque me gustó lo que había escrito (el chasis), me pareció que no conectaba realmente con el texto (no había motor). Así que seguí escarbando en mis archivos viejos y encontré otro texto que escribí hace dos años, el cual era también un intento por continuar aquel fragmento de Toulouse que escribí originalmente hace cuatro años. Cuál fue mi sorpresa de encontrar en esa versión de hace dos años ese mismo plano secuencia en blanco y negro dentro de una habitación de hotel: esa misma película que según yo había escrito por primera vez la semana anterior. 

A lo que me refiero es que de cierta forma ya fuimos lo que seremos, y lo que somos ahora se parece mucho a lo que fuimos y a lo que podremos ser. Y que entonces de nada sirve exasperarnos, porque los círculos ya están trazados: aquello que nombramos fe o paciencia no es otra cosa más que atrevernos a calzar nuestras propias huellas. 

La fuerza de URRACCA radica también en ello, en su estructura circular. 

Te mando un abrazo concéntrico,
como reiterando
el cariño y la admiración 
por tu fuerza de gravedad.

Alessandro


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