#55

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 17 de julio de 2022 08:58 a. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: Re: URRACCA


Broder querido:

En tu última carta me hablaste de tu viaje al Báltico. Anoche yo pensaba que los viajes se parecen un poco a la vida misma, al menos en cuanto a que siempre tienen un principio y un final. Yo te escribo desde la vejez de este viaje. Son las 6:55 en Świeradów-Zdrój. En un rato, cuando los demás se despierten, habremos de empacar y volver a Praga. Pero todavía estoy aquí, en este presente que en algunas horas ya empezará a convertirse en marea.

El final del juego.
El final del viaje.

A través del portentoso ventanal que tengo frente a mí puedo ver un cielo azul como casi no vimos durante nuestra estancia. Llovió mucho estos días, en particular ayer, así que buena parte del viaje consistió en pasar las horas dentro de esta gran casa dos pisos que Mélanie alquiló para nuestra excursión de fin de semana. Mélanie, la hermana de Juliette, es una mujer luminosa, alegre, que siempre ofrece su mejor sonrisa, incluso cuando uno intuye que no tiene muchas ganas de sonreír. Generosidad a ultranza.

El sol comienza a asomarse sobre la colina de interminables pinos que tengo frente a mí. Nada se mueve detrás del ventanal: parece una fotografía del paisaje que ayer se agitaba bajo el viento y la lluvia. La calma posterior a la tormenta. La calma anterior a alguna próxima tormenta que vendrá cuando nosotros ya no estaremos aquí para admirarla.

El viernes en la noche, después de acostar a los niños, estuvimos los tres adultos en la terraza, tomando una copa de vino. En cierto punto la conversación se encausó hacia la infancia de Juliette, o Juliette comenzó a interrogar a Mélanie al respecto, dado que entre ellas hay doce años de diferencia. Juliette preguntó, en concreto, si ella (Juliette) solía pasar muchas horas frente a la televisión cuando tenía la edad de Elena (tres años). Mélanie no supo responder con precisión, pero dijo que a su parecer no era el caso, o al menos no de un modo exagerado o diferente al del resto de los niños de aquella época. Según Mélanie, a esa edad Juliette hacía lo que cualquier otra niña: jugar, cantar, bailar. Juliette respondió, con la franqueza que la caracteriza, que en realidad ella guarda muy pocos recuerdos de su infancia. Más tarde, esa noche, escribí en mi libreta: "se habla poco de las infancias blancas, aquellas que no fueron particularmente felices ni aterradoras, aquellas que sucedieron sin dejar casi rastro, ni heridas". Alguna vez escuché a alguien decir que los adultos se pueden dividir en dos grandes grupos, dependiendo de si su herida vital supura de la infancia o la adolescencia. Creo que yo, como Juliette, pertenezco al segundo grupo. Guardo escasos recuerdos de mi infancia, o más bien pienso poco en esos años. Verme de niño es verme desde fuera, como una marioneta bajo las manos de mis padres. Fue en la adolescencia donde empecé a darme cuenta de los hilos que ataban mis manos. Fue ahí, quizás, cuando empecé a supurar, a codiciar la distancia, a querer alejarme para encontrarme, y sin saberlo me encaminé hacia este largo peregrinaje que me ha traído hasta aquí, hasta hoy, hasta este ventanal donde ya despunta un nuevo día.

Siempre es hoy.

Traje al viaje mi mochila cargada de diarios viejos, libros, y mi cámara. Pero apenas saqué fotos, transcribí poco, y anduve más bien disperso. Pero sí tuve ocasión para avanzar hacia El castillo, aunque ya sé que el desdichado K. jamás podrá llegar hasta ahí. Conozco poco a Kafka. Antes solo leí La metamorfosis y de su diario (que compré ante la recomendación e insistencia de Courchay) nunca pude avanzar más de cinco o seis páginas. El castillo me está gustando mucho. Me deslumbra por su elocuencia para erigir andamios en torno a un sólido edificio de humo. Me gusta el humor que a veces despunta bajo el peso de una sombra que se espesa con cada página. Pero también me deja un poco frío. Yo he aprendido a reconocer que la literatura que más me emociona es aquella que se desborda fuera del libro y que modifica mi forma de asumir mi cotidiano, al menos durante un tiempo, mientras persiste el resplandor de la lectura. Con Kafka no me sucede eso. Tengo la impresión de que Kafka y yo, en cuanto a seres humanos, es decir, en cuanto a nuestra experiencia vital, tenemos poco en común, de modo que el vaso sanguíneo que nos une es demasiado delgado como para conseguir ruborizarme. Creo que inevitablemente hay una afinidad emocional que subyace o nos une con los artistas que más nos inspiran.

Ayer hojeaba una revista que trajo Mélanie y encontré en ella una entrevista a Knausgaard, con motivo de la publicación en francés de su libro En verano. Una de las preguntas era: Para usted, ¿la escritura es un trabajo cualquiera o algo sagrado? La respuesta de Knausgaard:

Yo pretendo que sea como un trabajo cualquiera. Cuando era más joven, yo tenía esta idea romántica sobre la escritura, y pensaba que para escribir era necesario estar totalmente solo. Así que me fui a una isla y a una cabaña en la montaña para aislarme y escribir. Pero no escribí nada.

¿Por qué?

Porque mi problema era precisamente que yo veía la escritura como algo sagrado. Solamente hasta que tuve hijos la escritura comenzó a convertirse en mi oficio, en cuanto a que la escritura se convirtió en algo totalmente integrado a mi vida diaria. Una labor cotidiana a cumplir, como llevar a los niños a la guardería, por ejemplo.

Hablando de niños, de Knausgaard, de afinidades, de escritura y de lo sagrado, termino por hoy mi carta, Juglar.

Porque despertó Elena.
Porque despertó Matteo.
Porque me lo exige el cotidiano.

Te quiero, broder.

Alessandro

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