#54

de: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

para: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

fecha: 10 jul 2022, 20:36

asunto: Re: Re: URRACCA


Querido hermano,

mi viaje al Báltico fue maravilloso. Iba a escribir que fue mucho mejor de lo esperado, pero no estaría diciendo la verdad, porque no esperaba nada del viaje. Creo que el secreto para que mi vida sea mejor de lo esperado es no esperar nada de ella. Ha habido periodos en mi vida en que me he deslizado por la existencia, a través de los días, del tiempo, del espacio geográfico y onírico, como un experimentado patinador. Esos periodos, en el pasado, coincidieron con momentos de zozobra, más bien de vacío, de una desesperación honda que, como no podía ser de otra manera, me trajo esperanza. Hoy es la plenitud lo que me acerca a ese estado, el encontrarme completo y saberme situado en el centro de la dicha y del milagro. Y entonces me dejo llevar; o, mejor dicho, fluyo con las corrientes que encuentro. Hay algo místico, inhumano -o sobrehumano-, en afrontar el día a día con este talante, en no afanarse. Lo humano es afanarse. Pero el lunes pasado a las 5 de la mañana, tras leer tu formidable URRACCA, nacida de un estado vital estrechamente emparentado con este talante del que hablo, un estado vital inspirador, optimista, pleno en sí mismo y autosuficiente, el lunes pasado a las 5 de la mañana puse rumbo a un viaje del que no esperaba nada, del que no había pensado nada, del que no sabía nada, del que no había planificado nada. Y todo se fue dando del modo exacto que, si me preguntaran ahora, yo había deseado. Es bueno desear a posteriori, desear lo ya acontecido, lanzar las expectativas hacia el pasado, hacia lo que ya se ha consumado, como Cristo en la cruz a punto de espirar. Hace unos años conocí aquí en Berlín, de la mano de mi ex roomie y amigo Gabriel, a Don Julio, Xaureme y Don Agustín -a quien yo llamaba San Agustín-, los wixarika o huicholes, y ellos decían que el futuro está a nuestra espalda, porque aún no podemos verlo, saber cómo será, y que nuestro pasado está al frente, porque ya ha sido y podemos contemplarlo. O sea, que en su concepción del mundo caminamos de espaldas, como cangrejos, mirando lo que ha sido y sin saber aún qué será. Tiene sentido, me gusta ese enfoque. Así que, para no hacerte el cuento muy largo -como decís en México-, con esa mirada wixa de cangrejo me fui el lunes temprano a Köpenick, donde nos recogía el autobús, y de ahí con otros seis profesores y treinta y dos alumnos pusimos rumbo a Usedom, una isla que está al norte de Alemania. 

Nos alojamos en un camping muy cerca de la localidad de Lütow. Allí el sol se ponía sobre las 10 de la noche pero su luz nunca nos abandonaba del todo: un leve resplandor iba rodeándonos en la penumbra de oeste a este y luego el sol volvía a aparecer y luego a elevarse. A las 11 de la noche se llegaba a la mínima luz. A las 3:30 de la madrugada comenzaban a aumentar los fotones. Nuestro primer atardecer allí fue maravilloso. Ya nos habíamos bañado al mediodía y también por la tarde, pero en la puesta del sol paró el viento, todo estaba detenido, el agua como un espejo, el cielo malva. Pensé en Knausgaard, en sus descripciones de los veranos nórdicos. Por la noche bebí vino blanco con los maestros y luego fumé marihuana pura con Jannik y Martje, los profesores jóvenes. Fue delicioso. Y me metí a descansar en mi tienda, feliz. 

El segundo día hicimos una caminata desde el camping hasta la playa de Zinnowitz, unos 13 kilómetros a través de senderos; tardamos cuatro horas. No fuimos todos, solo algunos motivados, entre ellos Jonte, mi alumno favorito. Es un chaval que casi siempre está solo en la escuela, parapetado detrás de su ordenador, pero que en la naturaleza parece sentirse cómodo. Ya me llevaba bien con él pero en este viaje, en especial en la caminata, nos hicimos muy buenos amigos. Es muy inteligente, tiene un gran sentido del humor, y además es muy buen chico. Ahí andábamos los dos diciendo pendejadas, muertos de risa por los caminos de Usedom. Tiene trece o catorce años, creo, pero fue la persona con la que más conecté con diferencia. Desde Lenú en Praga el verano pasado disfruto de entrar en el flujo de los niños o chavales, de ir por detrás de ellos, de ponerme a su servicio, de seguir sus ritmos. La vida se transforma, se aligera. La vida pierde peso.

Después de un baño en el Báltico -la palabra es preciosa, coincido contigo, pero las playas, comparadas con las de México o España, son para echarse a llorar-, regresamos al camping en bus. Esa noche no hubo vino sino un par de birras con los profesores -Timo, el director, nos invitó- y luego repetí porro de mota pura con Jannik y Martje, que además me ofrecieron chocolate con hachís, del que solo comí un tercio de onza. Y me metí a descansar en mi tienda, feliz.

En mi tienda, a oscuras, ambas noches, me alegré de estar al aire libre. Los días fueron extraordinariamente largos y las noches extraordinariamente reveladoras, porque los sueños se despliegan cuando no hay paredes y se elevan cuando no hay techos. Me sentí como Thoreau o como Emerson, dos de los autores que más cambiaron, en mi juventud temprana, mi manera de ver el mundo. No descarto que, en un futuro no muy lejano, estar más tiempo afuera, al aire libre, se convierta en una prioridad importante para mí. La vida dirá. No sé dónde, ni cuándo, ni cómo, pero reconozco que me llama acercarme a una vida más sencilla, a experiencias más básicas.

Y he estado pasando tiempo con Eduardo a mi vuelta a Berlín. El jueves fuimos a ver una pieza de Julian Rosefeldt en una galería de arte. Era una peli de hora y veinte: nos tumbamos juntos en un puf y la disfrutamos, a oscuras y en silencio. Nos recordó a Kubrick, a su Odisea del espacio. La cámara se iba acercando a un planeta y luego penetraba en su atmósfera y lo sobrevolaba. Había paisajes apocalípticos parecidos a ciudades, a desiertos, hasta que descendía a un bosque. Toda la peli es a cámara lenta. En ese bosque empezaban a aparecer personas. La música era una ópera fabulosa. La cámara pasaba a enseñarnos planos detalle de esas personas, que estaban bailando en el bosque, en algo parecido a una rave. Era una película muy poética. También abstracta. Nos gustó mucho. De ahí nos fuimos a tomar un té y luego se unió Marieta, que también se lleva muy bien con Lake. Y ayer quedamos él y yo a tomar un par de birras y luego a cenar con una buena botella de vino. Hablamos de literatura, de su hija, que tiene mi edad, de mi padre, que tiene su edad, y lo pasamos estupendamente. Y luego hablamos de la novela que él está terminando, y de Alana, que le pasé para que leyera. También hablamos de mi historia familiar, de la historia de mi abuela, de Lolita Mut. Eso surgió porque mi amigo Josep -el artista catalán cuya alfombra de la pastilla roja y azul adorna mi salón-, a quien Lago también conoce, se casó al lado de Vilassar el día de mi santo. No pude ir a la boda porque caía en jueves. Decidí mandarles un dibujo y una carta de regalo con Talo, que sí asistió. Tenía pendiente contarle a Josep la historia de mi abuela y había muchas coincidencias emotivas con él y su esposa Natalia -la costa del Maresme donde ellos viven y yo veraneé tanto tiempo, París, donde ellos vivieron, la historia de amor y coraje y entrega...-, así que, no sin ciertas dudas, la carta que les envié, la carta nupcial, fue la carta transcrita a mano sobre mi abuela que te mandé a ti en URRACCA. Talo la leyó en el aeropuerto y le encantó y luego Josep y Natalia la leyeron y se emocionaron mucho y estuvieron llorando y me escribieron muy cariñosos y entonces Lago, a través de Talo y otros amigos comunes, se enteró de la carta y la quiso leer y se la envié y también le encantó, y por eso hablamos él y yo anoche de mi abuela y su historia.

Mañana, si todo va bien, montaré la mesa en mi nuevo estudio, que comparto con mi amigo Antonio, el pintor que le está dejando la casa a Eduardo, con Julian Rosefeldt y con Samuel, otro pintor muy buena onda que además es fan de Drafteados, el canas de NBA de mi hermano -en realidad mi parte del estudio es un cuarto que comparto con Samuel-. 

Y hace unos días escribí a Jorge Carrión, director de mi máster, y me dijo que no había problema en que asistiera presencialmente en Barcelona a dos semanas de clases en las vacaciones de otoño. Mi idea es quedarme en casa de Josep y Natalia, al lado de Vilassar, que me lo han ofrecido generosamente. Sería la última semana de octubre y la primera de noviembre, que tengo parón en mis dos escuelas. Antes de esas fechas espero ir a Praga. Antes de ir a Praga, la semana que viene, hablaremos por teléfono. Quizá el miércoles o el jueves porque, quizá por los tours que hice anteayer y hoy o por la excursión al Báltico o por los porros de mota pura o por los vinos con Lake o por esta larga carta o por todo junto, me he quedado sin voz. Disfonía absoluta. Me esperan unas horas de silencio.

Te quiero. Con ganas de contarte y de que me cuentes. Un abrazo para los cuatro, hermano.

Tu bro, Juan.

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