#53

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 3 de julio de 2022 10:02 p. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: Re: URRACCA


Broder querido:

El verano, como el invierno, tiene algo de apocalíptico. Pienso que el mundo se acabará en alguna de esas dos estaciones. Morirá de frío o de calor; habrá de consumirse o apagarse. 

Hoy, domingo 3 de julio, fue un día muy caluroso en Praga. Por ello decidimos visitar un parque para niños en las afueras de la ciudad. Fue una buena decisión. Juliette ya había ido ahí el año pasado con su hermana Mélanie y con Lenú, y propuso que fuéramos hoy precisamente porque el lugar está lleno de árboles, es decir, porque hay sombra fresca donde resguardarse de la furia del sol. Pasamos ahí toda la mañana y el comienzo de la tarde. Como ahora somos cuatro, podemos dividirnos en equipos de dos: Elena y Juliette se fueron al área de trampolines y yo me quedé en una banca, bajo un árbol, con Matteo apretado contra mi pecho dentro del portabebés, que es una especie de arnés-mochila diseñada para llevar a los críos como una mamá canguro. 

Estuve sentado en esa banca más de una hora. No hice gran cosa en ese rato más que besar de vez en cuando la frente de Matteo y observar a los demás niños con sus padres y madres merodear la zona. Gritos, risas, helados, hot-dogs, sombreros, shorts, árboles, resbaladillas, trampolines, fuentes, estructuras de madera por donde los niños pueden escalar y arrastrarse cual gusanos, etcétera. Tenía conmigo y a la mano mi teléfono y mi libro (El castillo, del amigo K) pero no tuve que recurrir a ellos. Sin sentirme particularmente efusivo o alado, la situación me bastaba para estar bien, es decir, para no tener que buscar una vía de escape con la cual sobrellevar el presente inmediato. Recordé, en cambio, una situación similar durante el verano anterior, quizás hacia finales de julio, cuando los tres (éramos tres hace un año) visitamos otro parque en las afueras de Praga. Sobre aquella vez también te escribí en una de mis primeras URRACCAs, quizás la segunda, y en ella te contaba del gran hoyo negro que se abrió frente a mí; del terror o la angustia o la tristeza que sentí al verme englutido por una perturbadora oscuridad, mientras a mi alrededor todo era luz y calor, mientras mi hija Elena chapoteaba junto a su madre en un hermosísimo lago rodeado de árboles y pájaros. 

¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces? Yo cambié. Pero no sé precisar cómo ni cuándo ocurrió ese cambio. Lo único que puedo describir es lo que sentía en ese periodo agitado de mi vida, era una prisa que se transformaba en presión, algo similar a estar remando siempre contracorriente, cuesta arriba. Lo que tenía no me bastaba, porque mi yo de aquel entonces no empataba con la persona que me habría gustado ser en ese momento. Sentía que estaba siempre un paso atrás de mi mejor versión. Por ello había desarrollado una manía casi patológica por aprovechar al máximo mi tiempo libre. Por "tiempo libre" entendía el tiempo que podía dedicar a "mis proyectos". Pero como en aquel entonces no tenía ningún proyecto vigente (es decir, no podía sentarme a escribir ni una línea) mi forma de sentir que estaba aprovechando el tiempo era mediante la lectura. Fue en ese contexto que Heidegger se apoderó de mi rutina. Yo me vertí en la lectura de Ser y tiempo como si de ello dependiera mi vida, con una disciplina asombrosa que me permitía levantarme todos los días a las cinco de la mañana para leer aunque fuesen cuatro o cinco páginas de ese libro tan denso y misterioso, y luego, a lo largo del día, procuraba exprimir cualquier minuto para avanzar al menos una página de la novela que estuviese leyendo en ese momento. Solo así sentía que tenía validez mi rutina. Solo así justificaba mi existencia ante mis propios ojos. Solo así me sentía capaz de imponer cierta tracción al paso despiadado del tiempo. Y todos esos momentos en que no podía estar leyendo o pensando en lo que quería y no podía escribir me parecían entonces una pérdida de tiempo, un tiempo muerto, incluido el tiempo en compañía de mi mujer y mi hija durante un domingo soleado en un parque prístino a las afueras de Praga. 

Estos días, en cambio, ya no uso despertador. Me levanto lo más tarde posible (que nunca es más allá de las siete, ya que alguna de las dos pequeñas fieras siempre se despierta antes de esa hora). Mi prioridad por ahora es dormir, descansar, porque los días con dos niños pequeños son muy intensos, y navegarlos hacia buen puerto requiere de una considerable energía. También estoy leyendo poco. Durante el día, en islotes de tranquilidad, avanzo una o dos páginas en la biografía de Picasso (ya estamos en Madrid, 1897) y, por las noches, antes de dormir, batallo con mis párpados cansados para seguir los enrevesados pasos de K en su fútil aproximación al castillo. Por lo demás, esa distinción entre "tiempo libre" y "tiempo muerto" ya no existe en mi rutina actual. Ahora me parece tan valioso o tan anodino leer a Kafka y avanzar en mi proyecto literario que estar sentado durante más de una hora en una banca, a la sombra de un árbol, acicalando los pelitos rubios de Matteo.

Y aunque no puedo realmente entender qué es lo que me ha permitido transitar hacia esta isla pasajera de sosiego, sé que estoy aquí gracias a los momentos ríspidos y oscuros, gracias a ese remar contracorriente que fortaleció mis brazos y me permitió llegar hasta aquí y valorar esto: mi ser en el tiempo.

Toda plenitud es pasajera. 
Los días malos 
preceden a los buenos 
que anteceden a los malos,
para invocar a los buenos.
La secuencia exacta,
de una vida,
donde todos los días
son necesarios. 

Te quiero mucho, Juglar.

Abrazos calurosos, 
de verano.

Alessandro 

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