#57
De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: lunes, 1 de agosto de 2022 01:20 a. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: Re: URRACCA
Querido Juglar:
Te escribo desde Sommières, desde esta casa que no es mi casa y que sin embargo se siente como un hogar labrado a partir de tantas memorias y recuerdos de sucesos importantes que me han ocurrido aquí.
Son las once y media de la noche.
Estoy muy cansado.
Llegamos anoche a Sommières y hoy por la mañana fuimos a ver a Sophie, la tía de Juliette, que vive en una casa hermosa en lo alto de una colina, en las afueras del pueblo. La casa de Sophie tiene alberca y fuimos ahí para gozar del domingo y de la familia y para engañar un ratito al calor apocalíptico que está lamiendo Europa este verano.
(Estoy tan cansado que me gustaría terminar aquí mi carta; decirte que a veces basta con alzar la mano y gritar "presente", "aquí estoy"; que a veces, solo a veces, las palabras están de más).
Hoy, a merced de un sol tozudo, me vi a mí mismo desde fuera o desde lo alto, con esa perspectiva de ángel que tú refieres a menudo, y me vi convertido en lo que soy: un joven padre de familia. En ese momento sostenía a Matteo entre mis brazos y Elena flotaba en la alberca junto a las risas de su madre. Y la mirada del ángel se elevó todavía más, se escondió detrás del sol, y en ese breve eclipse pude vislumbrar la existencia como una elaborada obra de teatro donde todos interpretamos diferentes protagonistas de una puesta en escena que se llama Alessandro en mi caso y Urruzola en el tuyo, si bien no siempre somos conscientes del papel que estamos interpretando a cada instante sino hasta que termina ese acto en particular, como la niñez, o la muerte, o el acto de escribir, que solo ocurren genuinamente en retrospectiva, cuando ya sucedieron, cuando están consumados.
(Sí, a veces las palabras están de más. Pero yo te di precisamente esto, mi palabra, aquella noche antigua de un verano manso, en Praga, cuando prometimos sin saber qué prometíamos que hoy estaría aquí, un año después, en Sommières, enviándote esta carta necia, un tanto obtusa, cuyo brillo no se desprende de lo que digo sino del por qué lo digo [las razones de los actos suelen importarme más que los actos mismos].)
El telón se alza
estoy en el escenario,
interpretando el rol de un recuerdo polaroid
de cuando mis hijos vean fotos de estos días
y digan o piensen o murmuren:
"mira qué joven mi papá,
mira qué flaco,
mira cuánto pelo tenía
todavía".
Pero todavía no.
Porque Dios es un dramaturgo
tradicionalista,
costumbrista,
no le gusta saltarse actos.
(Así que ten, broder, mi palabra, esa que te prometí hace tantas noches, cuando Matteo no era carne ni prospecto,
aquella noche,
que parece anoche,
en que tú y yo saltamos al escenario de nuestras vidas
para enunciar una promesa alada
ante el teatro repleto
de sillas vacías).
Te digo entonces,
desde el centro del escenario,
y con la mano en alto,
exhausto:
¡Presente, broder!
Aquí estoy.
Aquí sigo.
Contigo.