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de: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
para: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
fecha: 7 ago 2022, 21:55
asunto: Re: Re: URRACCA
Querido hermano,
quisiera terminar esta URRACCA antes de empezarla. Quisiera terminar mi próximo libro antes de empezarlo. Quisiera terminar el máster antes de empezarlo. ¿Para qué, entonces? En ocasiones vivo en el futuro; esto quiere decir, evidentemente, que en ocasiones no vivo.
Leo una novela de Álvaro Enrigue, quizás ya te conté, "Ahora me rindo y eso es todo", regalo de Carlos y Vanessa, que están muy flipados con los apaches. Se trata de un western y a la vez un ensayo y una autoficción y una novela histórica excelentemente documentada. Tramas entrelazadas. Los apaches, sus vidas en las montañas, en el desierto, a lomos de los caballos, siempre al borde del abismo, me fascinan. El título de la obra son las últimas palabras que pronunció Gerónimo antes de capitular ante el ejército estadounidense a finales del XIX. Enrigue escribe muy bien y el libro es realmente bueno, espectacular. Y sin embargo, mientras disfruto de la lectura, una parte de mí piensa: ¿Para qué más libros como este? Es como si mi vista y mi vida estuvieran puestas en el futuro, también en la idea de lo que serán las obras del futuro.
Mi futuro inmediato es hacer algo más de pasta con los tours la semana que viene -tres días-, nadar, leer, escribir, o aunque sea ir al estudio y sentarme allí a pasar el rato, pasar tiempo con María... Y a finales de agosto ir a la isla griega, junto a Ítaca, tres días. El mar. Cómo desearía pasar un mes en el mar...
Cuando miro mucho al futuro, cuando no quiero presente, es que estoy empachado de presente y me vuelvo un misántropo. Lo necesito. Podría pasarme veinte días sin ver a nadie y sin dejarme ver. Es curioso porque en la misantropía vuelvo a hallar el sentido del presente, su "velocidad", y entonces me entran ganas, de nuevo, de salir al mundo. Es como si ralentizara la vida, como si volviera a traerla a su cadencia verdadera.
Hay en mí una tendencia a los polos, Alessandro. Tras diez maravillosos días hacia afuera comiendo, bebiendo, fumando mota, estando ocioso, bañándome en el mar, gozando las veinticuatro horas de la compañía de mi padre y hermanos, necesito replegarme. Y tras unos días replegado, el cuerpo me pedirá socializar. En dinámicas muy envolventes, dependientes, intensas, grupales, siento la vida tan veloz que no me da tiempo a atraparla y se me escapa. Estando solo siento que vuelvo a respirar pero mi vida termina deteniéndose.
Hubo un año, yo debía de tener 16 o 17, me fui solo todo el mes de julio al Sestil, que era la casa de campo que mi abuelo tenía a las afueras de Logroño. Me fui para allá porque no me gustaba la adolescencia -sigue sin gustarme- y yo era un adolescente. Quería estar solo porque en Madrid siempre estaba rodeado de amigos, del grupo, y hablábamos de nada y hacíamos siempre lo mismo y bebíamos por inercia. Me hastiaba ser parte del clan, no diferenciarme, participar de lo previsible. Entonces me fui a esta casa con varios libros, no me acuerdo cuáles, y los dos tomos -de eso sí me acuerdo- del diccionario de la RAE: quería leer y buscar y aprender todas las palabras que fuera encontrando y no conociera: quería cultivarme para responder a una realidad que encontraba estéril. No sé cómo mis padres me permitieron irme solo al Sestil -era una casa solitaria en medio del campo- pero lo hicieron. Pasé cuatro o cinco días allí sin llamar a nadie: me bañaba en la piscina, cocinaba, leía, daba algún paseo... Al sexto día llamé a mi amigo Axel, de Logroño, y enseguida llegó a visitarme con su BMW. Y bebimos unas birras. Y al día siguiente organicé una fiesta a la que vinieron todos mis colegas de Logroño. Nos emborrachamos y terminamos lanzando las mesas y las sillas a la piscina y jugando una partida de mus en el agua.
Así, con matices, opero también hoy. Ayer salí un rato porque Cira celebraba su cumpleaños y yo quería estar -ella es la mejor amiga de María y mi ángel de la guarda: me presentó a la flaca y me consiguió mis dos curros de profesor-. Estuvo bien pero profundamente no quería estar allí. Hubiera preferido estar a mi aire en casa, escondido, agazapado. Y hoy sí estoy en casa, y mañana probablemente también me quedaré leyendo en casa para quizá pasado mañana o al otro sentir deseos de estar afuera, de compartir las noches de verano, de "ver" los árboles en comunidad. Hay una viviencia interior del presente, apolínea, relajada, absorbente, y hay otra exterior, celebrativa, expansiva, dionisíaca. Ninguna me gusta más que otra. El único equlibrio que encuentro sano es el dar espacio a cada polo cuando manifiesta claramente su hegemonía sobre el otro. Así, sin lucha, sin "intenciones", es como todos mis deseos se cumplen.
Te mando un abrazo muy grande, lleno de aire.
Te quiero.
Ganas de verte pronto.
Tu hermano, Juan Mut.