#59

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 14 de agosto de 2022 11:12 p.m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: Re: URRACCA


Broder mío, 


Mis visitas a Sommières están siempre condimentadas por las lecturas en francés que procuro hacer en cada una de mis estancias. Por ejemplo, el verano de 2018 tuvo un marcado sabor a Knausgaard (por azares que desconozco y agradezco, alguien venía de regalarle a Jean-Pierre, el padre de Juliette, los primeros tres tomos de Mon combat. Yo, en ese entonces, ya había leído La muerte del padre [del cual guardo pocos recuerdos] y no estoy seguro de que habría continuado mi exploración del universo de Knausgaard si no hubiese ocurrido que, una mañana, Un homme amoureux me cayó, literalmente, entre las manos, desde un montón de libros que Jean-Pierre estaba por donar a una librería de viejo); hace un año, en cambio, mi visita supo a Flaubert, mientras que la de este último invierno estuvo impregnada de Anne-Marie Comert, agente de la resistencia francesa y abuela de Juliette (y madre de Jean-Pierre), de cuyo valiente y emocionante testimonio ya te hablé en otra de mis cartas. 

Algo que me gusta de estar aquí, en casa de los Comert, es que la literatura siempre termina desbordándose hacia nuestro cotidiano compartido. Por ejemplo, hace un par de semanas, la noche en que llegamos a Sommières, tan pronto entré en la casa encontré sobre la mesa del comedor dos ejemplares abiertos de La insoportable levedad del ser, uno en edición grande y el otro en edición de bolsillo. Jean-Pierre me contó una anécdota divertida al respecto: me dijo que días antes había notado la ausencia de dicho libro en su meticulosa biblioteca, lo cual, a su vez, le provocó unas incontrolables ganas de releer la novela. Así que salió de inmediato a buscar el libro en las dos librerías que hay en Sommières, si bien en ninguna de ellas encontró la preciada edición de Gallimard, de modo que debió contentarse, ¡oh tragedia!, con la versión de bolsillo (en lo referente al libro-objeto, Jean-Pierre es un gran esnob y fetichista). Bueno, pues tan pronto volvió a casa comenzó a leer, y mientras avanzaba en su lectura se percató de que en realidad (e increíblemente) nunca había leído esa novela. Decidió, entonces, interrumpir su lectura y comprar por internet la versión de Gallimard, para leerla en formato grande, como Dios manda. Sin embargo, el libro le estaba gustando tanto que la pasión novelesca le ganó a su fetichismo/esnobismo y no tuvo más remedio que continuar la lectura en la versión de bolsillo, hasta que terminó la novela la mañana del día en que recibió, por correo, la edición de Gallimard, y ahora estaba transfiriendo todas sus anotaciones del libro de bolsillo al libro grande...

Como te comenté en uno de mis audios, para este verano estaba planeando leer a Proust, si bien lo acotado de mis tiempos (léase cobardía o pereza) terminó por disuadirme. En cambio, llegué a Sommières convencido de que ya era hora de leer, por fin, a Céline, aunque nuevamente algo (llamémoslo cobardía o pereza) me hizo recular. (En realidad, lo que ocurrió fue que, al día siguiente de llegar a Sommières, tuve una larga conversación telefónica con Courchay. En ella le comenté, entre otras cosas, que estaba planeando [y dudando] leer Voyage au bout de la nuit, y Diego dijo algo así como: uff, agárrate, o: uff, qué valiente, lo cual fue como escuchar justo lo que yo quería escuchar para excusarme y buscar otra vía de escape. Hacia el final de esa llamada, paseando la vista por los estantes de la biblioteca de Jean-Pierre, mi mirada cayó, claro, sobre los lomos de Kundera, y la decisión se tomó sola. Al colgar el teléfono bajé a la librería y me compré, como te dije en otro de mis audios, un ejemplar de bolsillo de La plaisanterie.) 

¿Y por qué te digo todo esto? Porque si bien las coincidencias son un recurso narrativo sobreexplotado y vulgar, lo cierto es que el Cotidiano es un escritor descarado a quien le importan un comino el buen gusto y el qué dirán. Porque ayer sábado salí temprano junto a Jean-Pierre a recorrer el mercado para hacer las compras de la semana y, al doblar la esquina en la Pláce Jean-Jaurés, sentado a una de las mesas de la cafetería Boîte a Thé (quizás ante la misma mesa en la que, tres años antes, yo encontré el final de Berlín atómico), vimos a un venerable anciano de rostro pétreo, ojos verdes y labios gruesos. Fue Jean-Pierre quien lo reconoció. Fue también Jean-Pierre quien me impidió acercarme a importunarlo. Quise entonces, al menos, sacarle una fotografía. Por ello volví corriendo a la casa por mi Nikon, engullendo bajo mis pies los escalones de la gran escalera. No tardé ni tres minutos en ir y venir, pero cuando volví a la Pláce Jean-Jaurés, la mesa ya estaba vacía, solo quedaba una taza sucia, y en la esquina de la plaza Jean-Pierre ya compraba unos plátanos como si nada de aquello hubiese ocurrido. Era mediodía. 

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