#11

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 12 de septiembre de 2021 11:21 p. m.

Para: Juan Sáenz de Tejada Urruzola <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: URRACCA


Brother:

Anoche fui a un concierto de música clásica, aprovechando que Juliette y Elena están en Londres este fin de semana. El repertorio incluía algo así como un greatest hits de Vivaldi, Pachelbel y Mozart: más de dos horas de música en vivo, por la módica cantidad de 450 coronas (me hice pasar por estudiante). 

Me vestí de gala (pantalón y camisa) y llegué temprano al recinto: una magnífica sala de conciertos llamada Smetana Hall, en el centro absoluto de la ciudad. El acomodador, un negro enorme y muy sonriente, me llevó hasta mi butaca, que se ubicaba casi en la última fila del segundo piso. El escenario me pareció lejano y diminuto, pero yo venía preparado con unos binoculares de bolsillo para afrontar esa distancia. Tomé asiento y me dispuse a esperar. 

Aproveché ese tiempo para reflexionar sobre lo que pensaba escribir para URRACCA. Tenía pensado trenzar la historia de Lolita Mut con la vida de mi propia abuela mexicana (Aurora Medina Ordaz): en todo caso, estaba decidido a intentar una narración ágil como la tuya, un relato en toda la extensión de la palabra. Estaba en eso, empezando a esbozar algunas frases en mi cabeza, cuando anunciaron por los altavoces la "segunda llamada". Para entonces, las butacas de la planta baja ya estaban casi llenas, pero con los binoculares comprobé que solo dos o tres de los balcones estaban ocupados, así que dejé pasar unos minutos más y decidí probar suerte. 

Bajé la escalera furtivamente para evitar cruzarme con el amable negrazo que me había llevado hasta mi asiento. Al llegar al primer piso me decanté por el ala izquierda y avancé por el pasillo hasta la última puerta, junto a la cual había un pequeño letrero en checo que no pude descifrar. Abrí la puerta, me asomé discretamente, y corroboré que se trataba del palco de honor. Había cuatro grandes sillas acolchadas, todas disponibles. Entré y cerré la puerta a mis espaldas. Justo en ese momento las luces se apagaron. Tomé asiento, me asomé al escenario, sonreí complacido: tenía la mejor vista de todo el recinto. 

Acto seguido apareció la orquesta de cámara: once músicos, en su mayoría violinistas, aunque también había un chelo y un clavicordio. Fueron directo al grano, a la Primavera de Vivaldi. Cedí a la curiosidad habitual que despierta el observar cómo se conjura esta música, pero luego de unos minutos me arrellané en mi sillón de terciopelo verde, cerré los ojos, y me dispuse, ahora sí, a escuchar

El oído, a diferencia de la vista, es un oráculo noble, te permite escuchar y divagar a la vez. De modo que mis pensamientos volvieron a URRACCA, estaba maquinando ya una estructura que me permitiera dar saltos al pasado y al presente, hacer paralelismos entre mi propia vida y la vida de mi abuela, tratando de hallar esos hilos cada vez más delgados que me atan a una raíz en un pequeño rancho en Zacatecas llamado El Carretón, donde Aurora nació hace justamente 100 años... No. Decidí que ese era un laberinto en el cual no quería adentrarme, así que empecé a esbozar otras posibles vías de escape, quizás sería mejor tirar el hilo a través de Emma Bovary (recién había leído, en el prefacio de la novela, una frase de Flaubert que me interesaba discutir contigo: El artista debe ser en su obra como Dios en la creación: invisible y todopoderoso; que su presencia sea palpable por doquier, sin estar jamás a la vista), o quizás alguna historia sobre... pero la puerta del palco se abrió y vi aparecer por el umbral la sonrisa del amable negrazo, el cual dejó de sonreír en cuanto descubrió mi presencia en el palco. Detrás de él ingresaron un hombre y una mujer, ambos muy bien vestidos, muy perfumados, quienes también se notaban un tanto sorprendidos de encontrarme ahí. Yo sonreí lo mejor que pude, murmuré alguna excusa, me puse de pie, recogí mis binoculares y me dispuse a salir del balcón. Sin embargo, la mujer me detuvo del brazo y me dijo (en inglés) que, si quería, podía quedarme en el palco, que ellos tenían pagadas las cuatro sillas, que sus invitados ya no iban a venir.

Sonaba el Canon en D de Pachelbel. La pareja ocupó los dos sillones delanteros y yo me senté detrás de ellos. Desde mi lugar podía ver el perfil de la mujer a contraluz: una mujer guapa, madura. Cerré los ojos nuevamente, aunque ya no pude escuchar la música con la misma atención ni divagar a mis anchas, me sentía un poco a disgusto, incómodo, como si estuviera de visita en casa de un desconocido. Cada tanto la pareja intercambiaba impresiones: por sus murmullos descubrí que eran rusos. El hombre repitió tres veces la frase podría ser. Poco después, las luces se encendieron. Intermedio. Me puse de pie, agarré mis cosas y salí sin decir palabra. 

En la zona del bar compré una botella de agua y ocupé la última mesa que estaba disponible. Poco después vi aparecer a la pareja. Corroboré que ambos eran atractivos, aunque estaban más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. La mujer se aproximó a mí y me preguntó si podían sentarse conmigo. Le respondí que sí, en ruso, y eso dio pie a una conversación animada en la que repasé brevemente mi estancia en San Petersburgo. En tanto, el hombre fue a la barra y volvió a la mesa con tres flautas de champaña. Les dije que me llamaba León, que era actor y que estaba en Praga para filmar una serie de Netflix. Ellos dijeron que venían de Moscú, que estaban en Praga de visita exprés, que debían venir con otra pareja pero al final esa otra pareja se vio forzada a cancelar el viaje de último minuto. Él se llamaba Olaf; ella, Anastasia. 

Volvimos al palco cuando el concierto ya había recomenzado. Sonaba Le nozze di Figaro de Mozart. Algunos minutos después, Anastasia me pidió prestados mis binoculares para observar de cerca los movimientos acelerados del primer violín. Olaf también quiso ver. La sala estaba exultante: alguien rompió el protocolo y lanzó un improperio de emoción. Yo cerré los ojos nuevamente. La música me impregnó de un modo tan contundente que no tuve ocasión ni deseos de divagar. Permanecí así un buen rato, diría incluso que perdí noción del tiempo, aunque sé que sonaba Divertimento No. 11 cuando sentí una mano sobre mi rodilla: era Anastasia, que quería devolverme los binoculares, al tiempo que me preguntó si me gustaría cenar con ellos al terminar el concierto. Dije que sí, con mucho gusto.

Ya en la calle caminamos unas cuadras hasta el restaurante del Hotel Boho, uno de los más lujosos de la ciudad. El restaurante estaba desbordado de gente pero Olaf y Anastasia tenían una reservación para dos, si bien no fue difícil ampliarla a tres, gracias a que Olaf parecía tener una buena relación con el maître d'hôtel. Mientras caminábamos a nuestra mesa, noté que yo era el único comensal que no llevaba corbata. 

Olaf pidió platillos al centro: escargots, carnes frías, foie gras, y un suculento pato a la naranja. También pidió dos botellas de Bordeaux Margaux, 1993. Durante la cena hablamos mucho de arte, de literatura y de cine. Yo mencioné a Tarkovski como una de mis mayores influencias cinematográficas. Dije, incluso, que Sacrificio fue la película que me hizo considerar por primera vez la actuación como carrera artística. Anastasia, en cambio, resultó ser curadora de la Galería Tretyakov, y especialista en la obra de Malévich. Olaf mencionó algunos negocios de importación textil, aunque siempre de un modo indirecto. 

Al terminar la cena salimos a la terraza a fumar. Hacía un frío incipiente. Olaf me ofreció un Cohiba, pero preferí mi tabaco de siempre. Anastasia se mostró muy interesada en mi proceso de forjar el cigarro, le causaba gracia. Cuando Olaf se excusó para ir al baño, Anastasia puso su mano sobre la mía y me preguntó si me gustaría subir a su habitación, con ellos, para seguir conversando. Yo estaba un poco borracho, y quizás por eso me sentía en otra piel, todo parecía un tanto irreal. Supe que León jamás podría rechazar esa propuesta, y esa noche yo era León. 

Voy a terminar mi texto aquí, Juglar, porque Juliette y Elena están a punto de llegar. Además, sería imprudente ahondar en más detalles (acaso resultaría mejor hablarlo por teléfono). Por ahora bastará con decir que no he dormido un solo minuto desde entonces, y que volví a mi casa hace apenas dos horas, cuando empecé a escribir esto.

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