#15
De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 10 de octubre de 2021 02:02 p. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: URRACCA
Juglar querido,
Me forcé a no enviarte un audio el domingo pasado tras leer tu última carta. Lo hice porque quise respetar (recalcar) esta mayor distancia que ahora hay entre nosotros, esos innumerables espacios de tierra y agua que nos separan, este desfase existencial que ocurre cuando uno viaja lejos y hacia el centro de uno mismo. Creo recordar que en mi última carta me atreví a alabar el progreso tecnológico, pero ahora también afirmo que el hecho de poder recorrer diez mil kilómetros a bordo de un pájaro de metal en apenas doce horas me parece algo abominable (sirva esta evidente contradicción para arrojar luz sobre mi estado emocional: me parece que cada vez entiendo menos las cosas, o que ya voy entendiendo todo a través de las contradicciones intrínsecas que constituyen ese todo, lo cual no está muy alejado de la mirada de 360 grados que te propones explorar en tu próxima novela).
Tu última carta me pareció de una lucidez contundente. Por lo que dices y por como lo dices, y porque puedo escuchar tu voz cuando te leo con mi voz. Es evidente, hermano, que eres fruta madura, y por ello es crucial que te pongas a escribir cuanto antes la novela (el espejo) de Alana, Juan y el Anteprotagonista. Será una obra sorprendente y maravillosa, única, como todo lo que tú escribes, porque yo, al igual que Miguel Sáenz de Tejada Mut, estoy convencido de tu talento, de tu estirpe, de la estela luminosa que ya vas dejando tras de ti. Eres, ya lo sabes, el mejor escritor que conozco.
Tecleo esta línea cuando son las 5:41 am del domingo. En cuatro horas estaré abordando un avión con destino a Chetumal, y de ahí seguiremos en auto hasta Bacalar, para reencontrarme con mi hermano. Ya transcurrió una semana completa desde que llegué a la Ciudad de México, lo que equivale a decir que ya se terminó mi tiempo en la Ciudad de México. Sería imposible para mí esbozar lo que he experimentado hasta ahora, no porque haya ocurrido algo excepcional, sino porque sería como intentar describir la vida misma, esa alegría de brindis que guarda tras de sí, siempre, una tristeza honda; ese aproximarse a sabiendas de que uno ya se está despidiendo. Ahí están siempre, brother: las no tan sutiles contradicciones.
Mi primera mañana en CDMX, el domingo pasado, fui con Juliette al centro de Coyoacán, mientras Elena dormía su primera siesta mexicana. Ahí, en el epicentro del Jardín Centenario, junto a la fuente de los Coyotes, me eché de pronto a llorar. Podría achacar ese llanto al desvelo y al profundo cansancio que sentía (el vuelo fue una pesadilla), pero la realidad es que México, o la Ciudad de México, o Coyoacán, o mi pasado, es una llaga que no he logrado o sabido curar. Esa primera mañana en México entendí que tarde o temprano tendré que escribir sobre México.
Algunos días después, a escasas veinte zancadas de esa misma fuente de los Coyotes, Xóchitl Sánchez Medina, Juliette Comert, Elena Triacca y Alessandro Triacca Sánchez se sentaron a tomar un café (yo) y a comer un helado de chocolate (ellas). Durante esa conversación caí en cuenta de que mi padre (Egidio Pietro Paolo Triacca) tenía la edad que yo tengo ahora (34 años) cuando se casó con mi madre. Yo siempre había imaginado el matrimonio de mis padres como la unión de una mujer joven (Xóchitl tenía 21 años) con un hombre maduro, por no decir viejo. Al momento de su boda, Egidio (Gigio, pa los cuates) ya tenía una hija de doce años, y ya había escapado de su país natal a causa de grandes deudas provocadas por su afición irrefrenable a los naipes, a los dados, al azar. Yo no me siento, ni remotamente, tan viejo (ni tan curtido, ni tan cascado, ni tan calvo) como imaginaba a mi padre cuando él tenía mi edad, pero recuerdo una conversación que tuve con él, en 2010, mientras compartíamos un cigarro después de una cena en Lavinio, Italia, y Gigio me dijo: estoy cerca de los setenta años, pero yo no me siento de setenta años. En realidad, en ese momento mi padre tenía 68 años, el doble de mis actuales 34.
Estoy en México.
Son las 6:56 de la mañana.
Estoy aquí todavía.
Estoy.