#17
De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 24 de octubre de 2021 10:32 p. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: URRACCA
Broder querido:
Cuando recibas esta carta yo ya estaré en Praga, pero ahora mientras tecleo esto me encuentro dentro de un avión, fila 35, asiento C, volando a una velocidad de 976 kilómetros por hora y a 11 mil 887 kilómetros de altitud sobre un poblado llamado Clifden, en Irlanda, según me informa la pantalla que tengo frente a mí. Elena duerme a mi lado (asiento 35B), echada sobre las piernas de Juliette (35A), quien ya despertó y ahora está viendo sin mirar una película de Hollywood. Ellas dos son mis compañeras de viaje. Ellas dos son mi hogar, mi verdadera patria.
Como ya es costumbre, tu última carta me dejó asombrado por la fluidez de tu prosa (siempre imagino que escribes cada URRACCA en una sentada, en quince minutos, sonriendo, tecleando a la velocidad de tus pensamientos), por las verdades que apuntas (sí, broder, ahora que lo dices creo que yo también emigré sin querer, por la voluntad divina del azar) por la facilidad que tienes para dar saltos y tejer conexiones, y por la forma en que tu voz se asoma siempre en todos tus textos (porque tú, Urruzola, eres tan tú que lo seguirías siendo incluso si intentaras disfrazarte de alguien más).
[Elena está despertando: debo apurarme]
Algo que disfruto particularmente de volver a México es examinar la discreta pero valiosa biblioteca que dejé en casa de mi madre. En esa colección de libros he descubierto una especie de continuidad entre mis múltiples yos, un hilo invisible que me conecta con mi pasado y que también esboza hacia delante un camino sembrado de pulsiones (toda biblioteca es un proyecto inacabado, inacabable). Creo haberte dicho en Praga que, cuando estuve en México la última vez, en abril, me sorprendí con algunos de los libros que encontré en esa biblioteca y que había adquirido hacía muchos años, pero que jamás leí, porque los compré apostando al futuro, a sabiendas de que en aquel entonces aún no estaba listo para ellos (por ejemplo, una edición magnífica, en inglés, de La montaña mágica, y un volumen con la poesía completa de Rimbaud en una edición bilingüe). Esta vez, en cambio, la exploración de mi biblioteca mexicana me llevó hacia la relectura, y me dediqué a repasar pasajes de libros que fueron importantes para mí, como Infinite Jest o Los detectives salvajes, aunque al final el que decidí releer íntegramente fue Conversación en La Catedral, del cual guardaba un gratísimo recuerdo cuando lo leí por primera vez, en San Petersburgo y, ahora, diez años después, la admiración que está despertando en mí es igual o mayor que entonces, porque ahora no solo estoy disfrutando la narración, también estoy azorado, con los ojos abiertos como huevos duros, ante la técnica tan cabrona, tan refinada que se inventó Vargas Llosa para narrar sus novelas, y en particular ésta. Se trata, sin duda alguna, de una obra maestra de la arquitectura literaria, un auténtico rascacielos. Te cuento esto a propósito de lo que mencionabas sobre Lidell y Despentes, es decir, de la artista que se expone y que encarna con su vida su arte, esa figura tan misteriosa y alada que tanto me ha encandilado desde hace muchos años. Sin embargo, al menos en literatura, en narrativa, en ficción, existen también artistas como Vargas Llosa, juglares de la palabra escrita que no buscan primordialmente en sus obras quedar en evidencia como seres humanos sino simplemente contar una historia. El meollo está, claro, en que saber contar una historia es todo menos simple, y es un arte en sí mismo. Por eso Conversación me ha hecho recordar que los grandes novelistas tradicionales como Dickens, Flaubert, o Vargas Llosa son tan artistas como los narradores de vanguardia tipo Joyce, Bolaño o Foster Wallace. Porque son, de cierta forma, dos caras de una misma moneda: unos son artistas por saber esconderse; los otros, por saber exponerse. Pero tienen en común al menos dos cosas: su valentía para escribir lo que tienen que escribir; y su respeto o confianza o fe en la capacidad del lector para enfrentarse a lo que han escrito. Creo que yo cuando empecé a interesarme seriamente en la literatura me sentía mucho más identificado con los narradores tradicionales, y poco a poco fui transitando y encandilándome por el bando opuesto. Ahora veo que tengo mucho de ambos, y me gustaría encontrar un camino (mi camino) en el justo centro: contar una buena historia, y descubrirme y evidenciarme en el proceso. Todo esto para decirte, hermano, que yo también me estoy muriendo de ganas por escribir, aunque a diferencia de ti, no tengo claro qué quiero o voy a escribir (la idea y el nombre de Cubismo me parecen extraordinarios, por cierto, envidables).
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Son las 10:22 P.M. Estoy en Praga, Juglar, estoy exhausto. De camino desde el aeropuerto, a bordo de un taxi, la ciudad me pareció necesariamente fría: misteriosa y espectral. Me parece increíble que ayer en la mañana estaba desayunando en Coyoacán; me parece México un sueño muy lindo y cálido, luminoso, el cual aún no he digerido y del cual tengo muchas ganas de hablarles a María y a ti ahora que nos veamos en persona.
Un abrazo inmenso, desde el vecindario.