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De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 30 de enero de 2022 07:46 p. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: URRACCA
Broder querido,
Estoy leyendo a Kundera: La vida está en otra parte. De Kundera admiro y envidio sobre todo la soltura o desfachatez o plasticidad que tienen sus narradores. Por ejemplo, la novela empieza con un narrador tradicional en tercera persona que llama a la protagonista "la madre del poeta", pero luego, de un párrafo al otro, ese mismo narrador empieza a nombrar "mamá" a ese mismo personaje y luego, a su antojo, ese mismo narrador se sale del relato y se transforma en el propio Kundera que nos habla de frente a los lectores y nos describe la obra que está escribiendo.
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Casi sin querer o por culpa del azar o del viento sumamente furioso que está soplando en Praga, hoy pasamos buena parte de la mañana y la tarde viendo la final del abierto de tenis de Australia. No soy el primero en decirlo pero estoy de acuerdo con la idea: los grandes deportistas de la actualidad fungen el rol que los guerreros y semi dioses tenían en la cosmogonía antigua. Pienso en Odiseo, en Aquiles, en Héctor, en Jordan, en Nadal. Nadal empezó el partido perdiendo los dos primeros sets y remontó para coronarse en el quinto set, tras más de cinco horas de partido. Su victoria tuvo todos los elementos de una batalla épica: fuerza sobrenatural, valentía de tigre, aullidos de guerra, obstáculos aparentemente insuperables que preparan el clímax dramático: la victoria final y totalmente improbable (aunque también predecible e inevitable, en retrospectiva [todo mito es retrospectiva: se sustenta precisamente en haber ocurrido]) del héroe. Pensaba mientras se acercaba el final del partido que, si Nadal terminaba ganando, ese partido resultaría espurio como relato de ficción, porque nosotros los modernos ya no sabemos creer en los finales felices y aún menos en los relatos épicos, los descartamos porque nos parecen inverosímiles cuando ocurren fuera de los márgenes estrechos de la realidad, es decir, cuando no ocurren frente a nuestros ojos (porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron). Pienso entonces que la única forma en que este partido podría transformarse en una obra de ficción contemporánea sería descartando el partido mismo (el argumento) para enfocarse en Nadal (el héroe): construir su humanidad cuasi divina a partir de sus debilidades, manías, tics y contradicciones, admirando al hombre desde dentro para alimentar al dios y a la fiera que habitan su pecho.
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El viernes por la noche, mientras le dábamos el baño a Elena, me golpeé (es curioso el pretérito de golpear, con esa doble e acentuada, casi francesa) me gol-pie el pie izquierdo con el marco de la puerta del baño. Dolor agudo y punzante, gritos de rabia (los humanos, bestias bípedas y rencorosas, conocemos todos ese dolor tras golpearnos el pie con alguna piedra o esquina: esa rabia de no poder culpar a nadie por ello más que a nuestra propia torpeza o estupidez). Así que llegué al sofá dando saltitos y mentando madres y me quité el calcetín para hacer un registro visual de los daños. Otro grito, esta vez de horror: mi dedo meñique estaba casi en posición perpendicular al resto de los dedos (adjunto una foto, Tomás, para que veas y creas). Así que procedí con la doble U: en Uber a Urgencias. Visitar a las diez de la noche el área de urgencias de un hospital checo ha sido de las experiencias más checas que he tenido. Fue como adentrarme en una novela de Kundera, donde siempre hay humor en el trasfondo de la tragedia. Afortunadamente en este final no hay tragedia, solo un dedo fracturado que me mantendrá unas semanas fuera de circulación. Pero yo, Juglar, me considero un optimista: mejor que esto pasara ahora, y no hacia finales de marzo.
Te mando un abrazo grande y fuerte, Juglar.
Un abrazo heroico.