#36

de: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

para: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

fecha: 6 mar 2022, 19:58

asunto: Re: URRACCA


Querido hermano,

URRACCA, más que un experimento artístico o literario, es una experiencia humana. Ambos estamos comprometidos con la acción de escribirle algo al otro cada dos semanas, aunque solo sea “hoy, broder, una sola frase: estoy en la sala de partos”, aunque solo sea “hoy, broder, cuatro negras palabras: estoy en el tanatorio”.

Este domingo me toca hablarte de mi padre. Él y yo hemos tenido pareja simultáneamente solo en contadas ocasiones. Él enviudó poco después de que yo comenzara con la que fue mi primera novia estable. Esta chica llegó a conocer a mi madre. Se vieron una vez y pasaron la tarde juntas en casa. Mi madre estaba ya enferma, sabíamos que el cáncer que tenía era incurable y muy agresivo, y pasaba la mayor parte del día en su habitación esperando a que empezaran las sesiones de quimioterapia. Mi novia decidió visitarla a solas, sin mí, para presentarse a ella sin interferencias ni intermediarios: preparó una tarta de queso y se fue a mi casa a tomar el café con mi madre mientras yo estaba en clase. Es uno de los actos más valientes que he presenciado en mi vida y uno de los gestos más hermosos que alguien ha tenido conmigo. Pocas veces me he sentido tan orgulloso de mi pareja.Cuando volví de la universidad las encontré allí hablando, la una muy cerca de la otra, como dos viejas amigas. No se habían visto nunca, solo se conocían a través de mí. El mismo día que supe que mi madre se iba a morir, le regalé a mi novia un ramo de gardenias.

Dos años después, no llega a dos años, en Nueva York, el día de Nochevieja, mi padre hablaba por teléfono con su nueva novia, llamada Lola -como su madre, Lolita Mut-, y yo hablaba con mi novia de las gardenias. Puedo vernos a ambos cruzando el Puente de Brooklyn sonrientes, cada uno enganchado a su teléfono móvil. Pero esta coincidencia de amores fue muy breve: en primavera, ya en Madrid, mi padre nos anunció que se casaba con Lola y yo terminé definitivamente con la chica de las gardenias. Era algo que venía mascando hace algún tiempo, pero me costó dar el paso. Me acuerdo que al final del invierno hicimos juntos un viaje a Ibiza. Ya habíamos ido en una ocasión el verano anterior porque Antonio Isasi-Isasmendi, un amigo y reputado cineasta retirado, nos recibía en su casa muy generosamente. La verdad es que Antonio estaba enamorado de mi tía política -más joven que él-, quien a su vez estaba enamorada de mí -más joven que ella-, de manera que yo tenía, indirectamente e involuntariamente, cierto poder sobre Antonio. Era un hombre entrañable. Su discurso cuando ganó el Goya de honor es uno de los más elegantes que he escuchado nunca.

En el vuelo de ida a Ibiza, mi novia de las gardenias dormía con su cabeza reposando sobre mi hombro; yo leía un libro de poemas de Ezra Pound, creo que era Personae, y escribí algo en la última página: un poema de despedida. En ese instante, ayudado por la literatura, decidí firmemente que dejaría la relación en cuanto aterrizáramos de vuelta en Madrid. Sentía que lo necesitaba. Sin embargo, algo pasó en Ibiza, algo muy pequeño, aparentemente insignificante: mientras yo conducía rumbo a San Antonio un coche que Antonio nos había prestado y mientras mi novia, en el asiento del copiloto, dormía (las decisiones importantes, como ves, las tomé mientras ella dormía), en la radio sonaba Pero a tu lado, mítica canción de Los Secretos cuya estrofa dice he roto todos mis poemas / los de tristezas y de penas / y lo he pensado / y hoy sin dudarlo vuelvo a tu lado, y cuyo estribillo dice ayúdame y te habré ayudado / que hoy soñado / en otra vida, en otro mundo, pero a tu lado. Me conmoví mucho escuchando esa canción, que conozco de memoria desde pequeño, como cualquier persona de mi generación, y seguí conduciendo rumbo a San Antonio para ver la puesta de sol. Pasamos unos días hermosos en Ibiza, con la isla vacía, en el barco de Antonio... Y al aterrizar de vuelta a Madrid ya no me acordaba de la promesa que me había hecho a mí mismo en el vuelo de ida. Se me olvidó mi promesa.

La chica de las gardenias y yo estuvimos juntos un par de meses más y luego todo cayó por su peso y rompimos poco antes de que mi padre se casara con Lola. Yo me sentí liberado, con el mundo frente a mí completamente abierto, como Cristóbal Colón, como Lope de Aguirre.

Al tiempo me arrepentí de todo y estuve muy triste.

Los años que mi padre estuvo casado con Lola yo viví mi época de donjuán. Buscaba sexo pero sobre todo cobijo. Todas las chicas con las que estuve tenían, ahora lo veo, un gran instinto maternal. Algunas de ellas eran huérfanas de padre que se enamoraban perdidamente de mí, un huérfano de madre que me enamoraba perdidamente de ellas. Y así sucesiva e interminablemente, como una serpiente que se devora a sí misma. Todo era efímero, intenso, frágil. No extraño ese tiempo en absoluto, pero fue importante: me conocí a fondo, me acerqué a entender quién era yo y también quién no era yo: fue un periodo necesario de aprendizaje. Me arrepiento de ciertas cosas, de ciertas actitudes egoístas, inconscientes, que mostré hacia algunas chicas. No tenía maldad, pero en algunas ocasiones hería a los demás, seguramente porque yo me sentía herido. Como terminaba un poema que escribí en aquellos años: ...y él muestra únicamente sus musculosos brazos y su velludo pecho / que revelan que ya sólo besa por tristeza / como un marinero en los burdeles del puerto.

Mi padre se separó de Lola un mes antes que yo me viniera a vivir a Berlín con Samantha. Ella y yo nos conocimos en Oaxaca en 2007, en la fiesta de su decimonoveno cumpleaños (yo tenía 24 y había llegado a esa fiesta gracias a Mauricio Cervantes, un pintor que me alojaba en su casa), y nos gustamos y besamos la primera noche, pero entonces Sam fue, para mí, una más de las chicas de mi época de donjuán. No empecé con ella en serio, comprometiéndome a fondo, hasta el verano de 2010, cuando estaba escribiendo "Starring" y trabajaba en una focacceria del barrio de Prenzlauer Berg. Pensaba que todo sería un camino de rosas, sentimental y profesionalmente. Estaba convencido de ganar el Herralde con la novela, o el premio de la crítica, o el Rómulo Gallegos. Qué locura. Y con Samantha todo parecía ir bien y puse toda la carne en el asador. Mi padre vivía con José en Madrid, y Sam y yo íbamos en Navidad o Semana Santa.

Una vez hicimos un viaje los tres, Sam, mi padre y yo, a La Rioja. Tres días. Lo pasamos muy bien. Subimos a un monte que se llama Cerropandero y al que yo había subido de niño con mis padres y Javi. Lo recordaba un monete pero era, como su propio nombre indica, un cerro. Así que esta vez ascendimos en media hora y en línea recta, sin atender a los caminos. Mi padre se cansó mucho pero lo logró. Arriba nos hicimos unas fotos los tres. Al regresar a Madrid, mi padre le mostró a Sam algunos escritos suyos de juventud, diarios y anotaciones que a mí nunca me ha mostrado pero que yo conozco desde la adolescencia porque estaban en la estantería y los leía en secreto: eran bonitos pasajes que hablaban de su vida de casado, de su relación con mi madre, de su vocación. A mí padre le resulta más sencillo mostrar su parte sensible con las mujeres que con los hombres, con mis novias que conmigo.

En 2012, dos años después, cuando yo fui a vivir a México y te conocí, mi padre ya salía con Cristina, una piloto de Air Europa que había sido Miss España en 1981. Sam y yo acabábamos de dejarlo a la mexicana, es decir, de manera ambigua, diciéndonos que ya veremos qué pasa, que a ver qué dice el destino, que confiáramos, que si teníamos que estar juntos lo estaríamos, etc. Yo en principio dejé Berlín para volver a España y Sam regresó a México empujada por mí. Ella no estaba bien y yo no estaba bien y nosotros no estábamos bien. Yo me sentía desnutrido. Al llegar a Madrid me encontré con que no tenía lugar en casa de mi padre, porque estaba con Cristina, con quien se casó a los pocos meses. A mí Cristina no me gustaba nada. La encontraba soberbia, suficiente y falsa. Me fui a Zarautz. Estuve allí un mes o dos en casa de unos tíos, recuperando un poco la faceta de donjuán pero esta vez sin gracia, sin espontaneidad, con tristeza. Cogí un barco a Salvador de Bahía desde Barcelona y desde ahí fui a México, a buscar a Sam. Fue raro ese viaje, como si una fuerza me condujera hacia Samantha, como si, al ser yo incapaz de tomar una decisión firme, la vida, como un mar agitado, me arrastrara. Nos reunimos e hicimos planes pero no estábamos bien, seguimos sin estar bien, y estiramos lo que ya no se podía estirar. En realidad yo regresé a ella por pura supervivencia, porque emocionalmente no tenía dónde caerme muerto. Cuando tú nos conociste en la casa Coyoacán, en realidad ya no estábamos juntos, sino enfrentados, llevábamos mucho sin estar juntos. De ahí, presionada por mí, ella volvió a Alemania a acabar su carrera y yo me quedé solo en México, que es lo que profundamente deseaba. Mi padre, simultáneamente, vivía con Cristina, su hija y José en San Lorenzo del Escorial, un lugar deprimente.

Mi padre se divorció de Cristina cuando yo empecé a salir con Tamara, en noviembre de 2015. Una noche yo hice una lectura en la librería Bartleby & Co., donde ahora tengo el estudio, y salí de allí eufórico. Fui a tomar copas a un bar llamado Das Hotel. Estuve contigo en este bar en tu última visita, cuando coincidimos con aquel cineasta mexicano que decía no tener nada que aprender de nadie. Pues ahí estábamos el día de la lectura. Mi hermano José estaba conmigo. Bailábamos. Me giré y vi a Tamara. Le dije a mi hermano que aquella chica era el prototipo de belleza máxima para mí. Qué pendejada, pero eso le dije. Tamara era fina, exótica. Bailaba con un chico pero yo vi que no tenían nada, que eran amigos. Ella me miraba mucho. En un momento dado se fue al baño. Esperé unos segundos, la seguí y esperé en la puerta. Cuando salió le dije que bailaba muy bien y que me gustaría ir a bailar con ella alguna noche, que entendía que en ese momento no estaba libre. Me dio su teléfono y ahí empezó todo entre nosotros.

Desde que se divorció de Cristina mi padre no ha estado con nadie más. Yo lo dejé con Tamara en 2017 y mi padre y yo estuvimos solteros simultáneamente durante un par de años. Nos acercamos. Luego apareció María como un milagro. Justo cuando empecé con María, a las pocas semanas, a mi padre le diagnosticaron cáncer de riñón. Le operaron, todo salió bien. A los dos años le quitaron el quiste que tenía en el otro riñón. Ahora tiene algo en el pulmón derecho y yo quiero casarme con María. Pasado mañana, el día del cumple de María, el día de nuestro tercer aniversario, mi padre tiene una consulta en la que le dirán cuán grave es lo que tiene y cuáles son las perspectivas. Yo estoy lejos, en Berlín. José está en Madrid y desde hace dos años vive en un depa con sus amigos. Y tiene a su novia Maru, con quien empezó más o menos a la vez que yo con María. Y Javi está en Francia, asentándose, arraigándose como una piedra en la casa de piedra de su novia Laurance.

La infancia de mi padre ya la conoces: fue abandonado por Lolita Mut y cuidado por mi abuelo, un hombre recto que le premiaba por no mostrar sus sentimientos y que tenía muchísimo trabajo -mi abuelo, por poner un ejemplo, llegó a viajar en el año 84 en un avión privado, como jefe de Estado Mayor del Ejército, junto a Felipe González, rumbo Nueva Delhi, para asistir a los funerales de Indira Gandhi-.

Y mi padre cree que hay que aguantar el llanto. Y mi padre nunca nos ha pedido que vayamos a verlo y ha venido muy poco a vernos. Y mi padre no nos llama por no importunarnos, aunque sus llamadas jamás nos importunarían. Y mi padre no sabe pedir amor o cariño, porque mi padre, quizá, piensa que no lo merece (yo también lo pienso un poco de mí mismo). Y mi padre, en el fondo de su corazón, se sigue sintiendo abandonado. Y quizá mi padre, inconscientemente, haya buscado el abandono para honrar a su padre (mi madre enfermó y se murió en la misma casa de la que huyó Lolita Mut; quizás mi madre murió, esto ya no lo sé, en la misma habitación en la que Lolita Mut le dio a mi padre la carta de despedida para su marido, mi abuelo). Y mi padre duerme solo todos los días y desayuna solo todos los días. Y repito que mi padre nunca, nunca, nunca, por no molestarnos, quizá incluso porque se siente responsable de nuestra lejanía (la de Javi y la mía, sobre todo), nos ha pedido que vayamos a verlo. Pero su cuerpo, que algunos dicen que encierra el inconsciente, sí se expresa. Mi padre nos llama con sus riñones y su pulmón. El cuerpo de mi padre nos requiere, su enfermedad nos convoca: el cáncer es el amor de mi padre voceando, pidiéndonos que no lo dejemos solo. Su cuerpo habla por él, el hombre bueno, el hombre tranquilo, el hombre más discreto del mundo, el hombre al que todos quieren. Y nosotros, sus hijos, como no podía ser de otra manera, acudimos.

Te quiero mucho, hermano.

Deseando verte.

Juan.

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