#37
De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 13 de marzo de 2022 07:34 p. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: URRACCA
Querido broder,
El viernes por la noche, después de enviarte la foto de la Catedral de Nuestra Sagrada URRACCA, me quedé mirando la noche y las bancas donde tú y yo nos sentamos a platicar aquella otra noche del verano pasado. Encendí un cigarro, el primero del día, y percibí la sangre que pulsaba y recorría frenéticamente mi cuerpo de arriba abajo. Me sentía raro, como a punto de saltar al agua desde un trampolín de diez metros, es decir, a punto de experimentar una saludable descarga de adrenalina. Lo que tenía eran ganas de beber, de platicar, de estar con gente, incluso si esa gente (mis compañeros del trabajo) son personas con las cuales no comparto gran cosa. Da igual. Porque entre el invierno que nunca acaba, la rutina familiar, y la fractura del meñique de mi pie izquierdo, había pasado meses sin salir de casa para interactuar con otros seres humanos, para platicar de esto o aquello: para beber. Me terminé mi cigarro y me encaminé al lugar de la cita, un pub llamado Beer Museum que está a cien metros de nuestra catedral. Eran las siete de la noche.
Cosa rara: fui el primero en llegar. Tomé asiento al centro justo de la mesa larga que habían reservado y pedí mi primer tarro de medio litro de cerveza. Al poco rato fueron llegando los demás. Yo conocía a todos menos a un brasileño alto y guapo, quien era amigo de alguno de los presentes y cuyo nombre ya he olvidado. Porque la cerveza, con sed de náufrago, es como agua del mar: entre más la bebes más sed te da. Así que antes de las ocho de la noche yo ya iba en mi cuarto tarro y tenía electricidad en la lengua: hablaba como lanzando dardos, siempre al centro de la diana, con precisión de atleta. Intervenía aquí y allá en las diferentes conversaciones, soltaba chistes, les repetía a todos lo contento que estaba de estar ahí, con ellos, bebiendo cervezas, y les relataba con orgullo cómo esa misma mañana me había rasurado y había ido a cortarme el pelo para estar al tiro para la ocasión. En cierto punto el brasileño me preguntó cuál era mi signo zodiacal. Aries, le dije. Me respondió: con razón, eres imponente.
Salí a fumar. Me fumé dos cigarros de un tirón. La electricidad que sentía en la lengua se había trasladado al resto de mi cuerpo, con lo cual el tiempo comenzó a acelerarse. Mis recuerdos a partir de ese momento van perdiendo nitidez y contorno. En cierto punto noté que los demás estaban cenando, milanesas y hamburguesas, pero yo estaba demasiado ocupado en hablar y en beber como para preocuparme por comida. Después ya todo se hizo más errático. Recuerdo pedazos de conversaciones, fragmentos de gestos, mis rondas cada vez más largas y frecuentes para salir a fumar y de pronto, ¿cómo?, estoy en un MacDonald's, a solas, y caigo en cuenta de que estoy absolutamente borracho. Eran a las 2:16 am. Lo sé con tal precisión porque a esa hora le envié a Juliette un mensaje que decía I'm wasted, junto a la foto de una caja de Big Mac.
Afuera del MacDonald's, frente a la parada del tranvía, entablé conversación con un tipo joven de aspecto macabro. No sé cómo nos comunicamos, en qué lengua, pero el joven me compartió un par de caladas de su porro. Luego recuerdo que sacó una bolsita de plástico con alguna droga adentro, y me dijo algo, sonrió: yo supe detectar desde las tinieblas de mi propia borrachera que el sujeto estaba más jodido que yo, que debía alejarme de ahí cuanto antes, y justo en ese momento pasó un tranvía y lo abordé.
Lo que viene después es un deambular por calles negras e ininteligibles, hablando por teléfono con Juliette. En la voz de Juliette había impotencia y desesperación, me preguntaba dónde estás, Alessandro, me decía pide un Uber, pero yo estaba tan, pero tan afectado que ni siquiera podía enfocar la mirada sobre el teléfono, no sabía dónde estaba ni cuál era mi dirección, y a mi alrededor las fachadas y calles vacías no me decían nada, podría estar en Varsovia o en Estocolmo, dónde estoy, ¿dónde estoy, Juliette?, tengo frío, tengo mucho frío, y Juliette empezó a llorar. Fue en ese momento, cuando la escuché llorar, que yo empecé a sentir miedo. Miedo porque me supe verdaderamente expuesto, sin escudos. No sabía dónde estaba, ni cómo llegar a mi casa, a los brazos de Juliette. Y por encima del frío de la madrugada me empezó a calar el frío de esa vergüenza que ya conocí tantas otras veces, en Tokio, por ejemplo, cuando terminé en la cárcel. No puedo terminar en la cárcel, no esta vez, no otra vez. Juliette me decía: vuelve al MacDonald's, duérmete ahí, pero yo ya no sabía dónde estaba el MacDonald's, ni dónde estaba yo ni todo lo demás que conocía. Estaba totalmente solo, en el centro absoluto de una pesadilla.
Frío. Frío. Frío. Caminar y caminar sin rumbo. Una esquina carcomida, los colores apagados de un letrero, la vieja silueta de un bajo puente. Supe de pronto dónde estaba: frente a la vieja guardería de Elena. Fue como pisar tierra. Un milagro: un pedacito de cordura. El velo se había alzado lo suficiente como para poder sacar mi teléfono y enfocar la pantalla. Pedí un Uber. Diez minutos después estaba abriendo la puerta de mi casa. Abracé a Juliette como a Odiseo a Penélope.
A la mañana siguiente abrí los ojos y me cayeron de golpe todas las aspas y esquirlas de la noche anterior. Al contraluz de la vigilia y de la luz tan sana del sol que entraba por las persianas, todo aquello parecían fragmentos de una osadía absurda, una estupidez imposible. A mí lado, sobre la mesa de noche, Juliette había dispuesto el paracetamol y una gran botella de agua. Juliette me conoce mejor que nadie, y sabe que a veces, como dos veces al año, todavía habita la bestia en mí, y que quizás me habitará por el resto de mis días. Por eso no me guarda rencor cuando esto me sucede. Al contrario, de cierta forma sé que me compadece, porque ella sabe que yo soy el verdugo más cruel conmigo mismo. Salí de la cama, me obligué a bañarme, a lavarme los dientes como diez minutos, y luego me alisté para acompañar a Juliette y a Elena al mercado, como habíamos acordado desde hace días.
El mercado se pone los sábados no muy lejos de nuestra casa, en una zona sin encanto y sin turistas. Pero el sol estaba brillando, y entre los puestos de frutas y verduras había una mujer joven tocando un ukulele y cantando maravillosamente. Juliette se sentó junto a una fuente, con su vientre gigante, y Elena empezó a dar saltitos y a bailar frente a la mujer del ukulele. Yo tenía puestos mis lentes Ray Ban de aviador y sentí que unas lágrimas se me escurrían cuesta abajo entre los cachetes. Pero no era un llanto de vergüenza ni de arrepentimiento. Era un llanto de discreta alegría, o de reconocimiento, o de saber que esto es mi vida: un sábado de mañana entre lechugas, pepinos, peras y manzanas. Un sábado de mañana junto a mi mujer y mi hija. Esto es mi vida, pensé, no sé cuándo ni cómo terminé aquí, en Praga, a mis treinta y casi cinco años de vida, pero esto soy. Estaba muy conmovido. Fue un llanto, entonces, de aceptación, de saberme vivo. Y creo que ése es el tipo de literatura que más me conmueve y la que aspiro escribir algún día: aquella que es capaz de transmitir el misterio de la existencia a partir de las situaciones en apariencia más anodinas, entre puestos de verduras, carnes y artesanías.
Un abrazo grande para tu padre, tus hermanos, y para ti, broder querido.
Nos vemos muy pronto.
Te quiero.
Alessandro