#38

de: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

para: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

fecha: 20 mar 2022, 17:08

asunto: Re: URRACCA


Querido hermano,

cuando yo empecé a leer, a engancharme a la lectura de verdad, hace unos veinte años, leía en voz alta a todo el mundo pasajes o frases que me gustaban de los libros que iba devorando. Recitaba para mis padres, para mis amigos, para los padres de mis amigos... Compartía mi entusiasmo porque entendía que esos extractos que tanto me emocionaban, que me hacían elevarme, lograrían también que los demás se elevasen. Y funcionaba. O yo sentía que funcionaba. Así empezó mi pasión por la palabra y por la voz, mi pasión -dirías tú- por la juglaría.

Una de las frases que más me gustaron durante unos meses, y que aún recuerdo y que repetí hasta la saciedad una noche a dos amigos surfistas en Zarautz, correspondía a Primavera Negra, de H. Miller. Decía: "Aquí estamos los de la interminable tierra con el pasado que nunca cesa, el futuro que nunca empieza, el presente que nunca acaba". Seguro que en inglés la frase será aún mejor, porque Miller es muy musical, escribe entregado a su intuición.

Esta última semana he pensado varias veces en esta frase de Miller, en cada una de las tres frases que componen la frase de Miller: el pasado, que nunca cesa; el futuro, que nunca empieza; el presente, que nunca acaba. El tiempo, en definitiva, como un flujo circular -tú hablabas de esto hace algunas URRACCAS- que nosotros reducimos a una línea. Mis primeros recuerdos de mí mismo en el mundo, de mí con conciencia propia, se remontan a 1993 o 1994, en Logroño. Yo caminaba solo por las calles. Ya caminaba solo por las calles. Allí empezaron a desgastarse mis caderas. Tenía 11 años y mis padres me dieron un juego de llaves de casa, así que yo iba y venía al colegio, acompañaba a algún amigo a su casa, subía al autobús y acompañaba a la chica que me gustaba y luego corría de regreso a mi barrio. Solo. Me recuerdo solo. Y mi manera de sentir el mundo, mi vida, a los demás, las relaciones, no ha cambiado prácticamente nada desde entonces. En esencia no ha cambiado, y sé que no cambiará. El pasado, el presente y el futuro de los que habla Miller, creo yo, son la vida subterránea de las personas, la vida que nos habita y que nunca cambia hagamos lo que hagamos, vivamos mucho o poco, tengamos o no descendencia, tengamos o no dinero, tengamos o no éxito.  

Es que he vivido una semana apática en la que estos pensamientos, este sentir mío a flor de piel, melancólico, ha aflorado. Esta URRACCA vuela hasta ti por obligación, porque vino al mundo para eso, pero no porque quiera volar; si pudiera, si yo se lo hubiera permitido, se habría quedado este domingo en su nido, dormitando, cegada por la luz parpadeante del sol a través de las ramas. Mi regreso a Berlín me resultó arduo. El miércoles, el jueves y el viernes estuve fuera de mi cuerpo, como si mi espíritu siguiera en Madrid o deseara seguir en Madrid. Es lo que yo llamo el ángel -con Courchay hablaba mucho de esto porque él también ha sido muy ángel-. Yo he pasado la mitad de mi vida creyéndome un ángel, y esa cualidad -no virtud, cualidad- respira intensamente y marca mi vida subterránea. Ya existía en Logroño, el ángel de 11 años andando por las calles. Creo que existirá siempre en mí. Es una tendencia. Hablo del ángel en el sentido rilkeano, no en un sentido bíblico. Otra de las frases que recitaba para todos cuando empecé a leer como loco era la archiconocida "Todo ángel es terrible" (Ein jeder Engel ist schrecklich), de Rilke, que quiere decir, desde mi punto de vista, que todo ángel es terrible para sí mismo, porque para los demás no existe. Yo habría escrito "Ser un ángel es terrible". O seguramente Rilke está un paso más allá y habla del ángel como un ser profundamente ensimismado que es incapaz de ver a los otros, de ponerse en el lugar de los otros y mostrar empatía, un ser que siente que no es amado por nadie porque él no es capaz de amar a nadie, de ver a nadie, encerrado en la dualidad de su inconmensurable ego, de la distancia que genera hacia un mundo que no lo valora, que no lo aclama. Todo eso era yo en Logroño. Todo eso sigo siendo. Todo eso seré. Mi pasado. Mi presente. Mi futuro. Sin principio ni fin.

En esta burbuja, sin ganas de casi nada, fui a trabajar a Strausberg (Montessori) el jueves, descansé, dormí muchas horas, no vi a nadie (a excepción de María), no fui al estudio, fui a nadar sólo un día... Me sentía triste, abatido, lleno de dudas en todos los ámbitos. Lo único que me apetecía hacer era no hacer nada: irme al mar y esperar allí, solo o entre libros, a que mi padre muriera o sanara. Nada más. Ni siquiera tenía ganas de beber. Ni de rezar. Sí sentí que tenía ganas de ser padre (con Marieta, claro está). Es que se me ocurrió que rezar era un acto humano, de conexión profunda con lo humano, con el sentimiento humano de escapar de nuestra contingencia y elevarnos, un acto de las personas y para las personas, y que ser padre, por el contrario (¡cómo te admiro!), era un acto divino, de profunda conexión con lo divino, de participación en lo divino, que es todo lo inefable, el misterio de la existencia. Ninguno de estos pensamientos me sirvieron para nada. Me deprimía tener mi alma dividida. Tú esta sensación has de conocerla bien, ya la experimentaste. ¿Sabes qué me trajo de vuelta a mi cuerpo, al tiempo presente? El paso de las horas y los días, y el trabajo: ayer hice un tour y regresé como nuevo. Y hoy he hecho otro y he regresado aún mejor. Porque me sentí útil, porque gané dinero (70€ extras de propinas), porque aporté algo, porque me moví, porque me agoté, porque pinché la burbuja, dejé de flotar, y simplemente tomé partido por la vida.

Y con el arte, por mucho que yo mismo me intente convencer a veces de que el talento esto y de que el talento aquello, con el arte es lo mismo: ir al estudio o a la cafetería y no pensar mucho y entregarse, sacrificarse. Horas y trabajo, sacrificio. Y las obras salen. Lo sabemos. Ahora mismo estoy lejos de la escritura porque la estoy pensando demasiado. Pensar es lo contrario que ejecutar. Es contradictorio pero así funciona para mí y así busco el equilibrio, un equilibrio imposible: una obra meditada, conceptual, pero que se adapte a ese molde como un suspiro, sin esfuerzo. Lo he probado todo, hermano, todas las técnicas, y me observo, y lo que se quiebra en mí, porque me elevo, es la fe, la disciplina, el trabajo. Por eso, creo, inconscientemente, estoy viviendo en tierras alemanas, en tierras protestantes. 

Aquí te espero con mi espíritu más latino, mediterráneo y católico.

Un abrazo. Te quiero mucho. Te veo el jueves.

Juan.

p.d.: Yo leí "Berlín atómico", flipado, en Nápoles. Ahora tú entregas las correcciones finales de "Berlín atómico" justo antes de viajar a Nápoles y de visitarme después en Berlín. Cerramos ciclo. Abrimos otro. Así es como dios coloca la realidad, y nosotros le damos su sentido.

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