#39
De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 27 de marzo de 2022 08:06 p. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: Re: URRACCA
Broder querido:
Ya no estoy aquí. Ahora estoy sentado en el asiento 45 del vagón 255 de este tren que ya me conduce a 120 kilómetros por hora hacia Praga. Por la ventana veo desfilar árboles muy altos y flacos, con sus ramas expuestas y en apariencia muertas, como si el invierno fuese una especie de incendio. Imagino que realizar este mismo trayecto dentro de un par de semanas ofrecería imágenes diferentes, con las ramas escupiendo hojas y flores multicolores, como si la primavera fuese una rebelión contra la monocromía del gris en estos árboles que hoy todavía parecen muertos de frío. La única constante, en todo caso, es esa: el eterno movimiento de las cosas, de las estaciones, de nosotros mismos a través de lo vivido a lo largo de esa ruta que llamamos nuestra vida o destino.
Así que ya no estoy en Berlín, pero Berlín sigue en mí. No sólo hablo de las memorias compartidas que son ya vasos comunicantes entre nosotros. Me refiero a mi forma de escribir, a mi soltura, a mis ganas de avanzar en este texto con la misma disposición o terquedad con la que avanza mi tren. Pa' trás ni pa' tomar vuelo, dicen por ahí, y quizás es un consejo valioso a considerar de aquí en adelante (siempre hacia adelante) a la hora de escribir. Porque ya lo hemos dicho muchas veces tú y yo: que la fe es un elemento crucial de este oficio que hemos elegido. Y todo caminar, todo desplazamiento, es también un acto de fe.
Pero también sabemos que es más fácil proponer que ser consecuentes. Yo mismo estaba hablando aquí de movimiento cuando debí hacer una pausa para recobrar el aliento y el hilo conductor de esta carta (aunque piénsalo: toda pausa, al contener por definición la promesa de un proseguimiento, es en sí misma un acto de fe, una forma de avanzar). Durante esta breve pausa, claro, saqué mi teléfono y encontré un mensaje vocal tuyo donde me dabas las gracias por haberte dejado una foto de Lenú en el hermoso altar de tu hermoso nido de concreto. La verdad es que no recuerdo muy bien cuándo dejé esa foto ahí, me parece que fue el viernes por la mañana, pero en todo caso lo hice de improviso, por dos motivos. El primero de ellos, el más importante, está relacionado con uno de los versos de Nicanor Parra que anoche me leíste, en el cual Urruzola y Parra aseguraban que hay muchas formas de ver o mirar. Pues bueno, tú eres una de las personas que más ha visto a mi hija Elena. Con ello, naturalmente, no me refiero a una medida temporal de la apreciación visual de tu retina en dirección a la silueta pequeña y redonda de mi hija, sino a lo que yo llamaría tu mirada hermenéutico-poética, es decir, esa facultad de interpretar y reinterpretar todo lo que observas para convertirlo en algo luminoso e inusual. Ya desde aquella vez que nos visitaste en Praga yo aprendí mucho de tu interpretación Elenística, y por ello se me ocurrió colocar esa foto ahí, a modo de agradecimiento por haberme compartido tu mirada. El segundo propósito de ese acto fue tender un puente temporal, es decir, buscar detonar a futuro el pequeño desconcierto que provocaría en ti o en María el descubrir la foto de mi hija entre sus libros y objetos personales. (Confieso que pensé que mi incidencia en el futuro ocurriría más adelante, el martes o el jueves, no creí que la notarías tan pronto, aunque tampoco me sorprende: ya te digo, poeta, que uno de tus grandes atributos es saber mirar.)
Hace rato, saliendo de Sachsenhausen, cuando todavía estábamos hablando de literatura (y no hicimos más que hablar de literatura estos días, piénsalo: fuimos como dos locos que habitan una realidad paralela donde la escritura está al centro de la existencia) dijimos que habríamos de prestar atención a las vivencias que nos acercan a la escritura, más que al escribir mismo. Pues mi estancia en Berlín y lo que sucede en esta carta no es más que una confirmación de tal axioma, porque compartir estos días contigo me ha dejado con ganas de escribir a como dé lugar: lo que sea y como sea, disfrutando el proceso de la escritura en su totalidad, de la misma manera en que estoy disfrutando este trayecto en tren en su totalidad, incluso ahora que el panorama me muestra unos prados salpicados por torres de electricidad y paneles solares. (Claro que me gustaba más la imagen de esos árboles grises y quemados por el incendio invernal, pero estas llanuras verdes con sus torres de electricidad y paneles solares también me gustan, simplemente por el hecho de que forman parte del trayecto hacia mi hogar. Del mismo modo, los párrafos buenos sucederán a otros más discretos, y las cartas deslumbrantes a las mediocres, pero qué más da, si al final conforman en su conjunto, como nuestra URRACCA, el inherente milagro que es el avanzar escribiendo.)
Gracias por suscitar los milagros.
Días de mucho: vísperas de más.
Alessandro