#44

de: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

para: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

fecha: 2 may 2022, 0:12

asunto: Re: Re: URRACCA


Querido hermano,

no conocía la música de Nick Cave hasta que David Luna me la descubrió un día en nuestra casa de República del Perú 120, en Ciudad de México: la casa de los huérfanos. En realidad me descubrió solo una canción, "God is in the house", que ocupaba un lugar de honor en su playlist. Terminó por gustarme mucho el tema. David y yo la escuchábamos como una oración durante la sobremesa, cuando Gilberto se echaba a dormir en el sofá del pasillo exterior, junto a nuestro gato Califa, y nosotros bebíamos sendos cafés y leíamos en voz alta poemas de una antología de César Vallejo que nos tenía flipados, o jugábamos al chinchón apostando 10 pesos. Daba el sol en toda la vecindad. Yo tenía 31 recién cumplidos. No teníamos internet en la casa ni teníamos trabajo.

David me ha mandado hoy su último poemario, "Negro sobre blanco", que habla de Vincent Van Gogh y de su hermano Theo, y ahora se me ocurre -me he puesto a escribirte sin pensar- que quizá por eso he empezado esta URRACCA hablando de Nick Cave. 

Pero no, no es por eso.

Verás: vi a Nick Cave actuar en vivo aquí en Berlín el 15 de mayo de 2019. Fue en el Admiralpalast, en la Friedrichstraße. El formato no era un concierto al uso sino unas conversaciones con el artista, que se sentaba en el escenario junto a un piano de cola y cantaba canciones entre pregunta y pregunta: "Conversations with Nick Cave, an evening of talk & music" era el nombre del evento y de la gira. Yo fui allí por casualidad. Resulta que Olivia y Antonio, mis amigos mexicanos cuyas perras, Laika y Toribia, estuvieron con nosotros en mi depa en tu penúltima visita a Berlín, habían comprado dos entradas. Eran unas entradas carísimas pero Olivia era muy fan de Cave y Antonio -a él también le gustaba, aunque no tanto como a Olivia- tenía la beca del DAAD y podía permitirse esos extras. Se permitían extras y lujos culturales con mucho gusto, esos dos.

La semana antes del evento de Cave nos enteramos de que Antonio no iba a estar en la ciudad porque tenía que asistir a un congreso sobre su obra en una universidad francesa, o presentar una traducción al francés, no recuerdo bien, era algo en Francia. Así que me invitaron a mí a que fuera con Olivia. 

En aquel tiempo yo cantaba y disfruté mucho viendo a Cave en sus interpretaciones al piano. Lo de las conversaciones me gustó menos porque entre los asistentes había muchos fans incondicionales, algo cegados, y muchas veces el show se convertía en alabanzas a Cave o firmas de autógrafos de Cave. Olivia le hizo una pregunta, fue de las primeras en preguntar. Algo sobre la migración o sobre la extranjería. Cave contestó, creo recordar, que él siempre había buscado sentirse extranjero -creo recordar: a lo mejor es solo la respuesta que yo daría hoy a esa pregunta-. Tuve oportunidades pero no levanté la mano ni le dije nada a Cave, aunque me quedé con ganas de contarle la historia de México, la historia de "God is in the house" en la casa de los huérfanos, la historia de cómo su canción era capaz de abrir amables corrientes de aire en los pasillos de la casa y me hizo sentir acompañado. Me quedé con ganas de darle las gracias y de pedirle que tocara la canción, que nadie más pidió y que no tocó. Cave inició esa gira, según sus propias palabras, como proceso terapéutico, para acercarse a sus fans tras el fallecimiento de su hijo Arthur, de 15 años, en 2015: se cayó por un acantilado tras haber consumido LSD.

Olivia falleció mientras dormía hace un par de semanas, el 18 de abril, en Guadalajara. Que yo sepa no padecía ninguna enfermedad. Me enteré de la noticia por un post de Antonio en Instagram. Me quedé helado, muy triste. Por ella, a quien yo quería, y también por sus hijas y por Antonio, que perdió también a su hermano hace poco. Le mandé un mail dándole el pésame y, como homenaje, empecé a escuchar a Nick Cave por iniciativa propia por primera vez en mi vida.

El disco de "God is in the house" se titula "No more shall we part", y lo escucho en bucle desde entonces. Es el único disco que escucho. Lo mío con Cave es una cosa lenta pero segura; primero, durante años, solo una canción; ahora, sin prisa, un solo disco. La semana pasada, en Madrid, lo puse en casa de mi padre mientras cocinaba, mientras recogía el desayuno, mientras tendía la ropa. Sobre todo escuchaba la canción de dios está en la casa. Mi padre no estaba muy bien. Se encontraba cansado, el pobre, le faltaba el aire a veces, y se fatigaba al caminar, bajar las escaleras, incluso al ducharse... Pasamos bastante tiempo en casa, charlando, viendo la tele... A ratos se sentía mejor y salíamos a comprar el pan, o cogíamos el coche e íbamos a hacer un recado o a tomar una caña, pero sobre todo estuvimos en casa. Oír la canción de Cave me daba esperanza y tristeza a partes iguales. 

Mi última tarde en Madrid salí a despejarme un rato: primero a comer con mi amigo Juan, que saca su libro "Lo demás es aire" el próximo miércoles, y luego a ver a mi amiga Nuria, con mi amigo Noé, a una expo que ella inauguraba, y luego a la presentación del nuevo libro de Manuel Astur, que compré y estoy leyendo y me está gustando mucho y se titula "La aurora cuando surge", y luego, por último, a ver la semifinal de Champions con mi padre y con mi hermano José -Javi se había ido unos días antes-. Y luego José y yo acompañamos a mi padre a casa y volvimos a bajar a tomar una copa. Charlamos. Ambos estábamos preocupados.

Al día siguiente, el miércoles, yo volvía a Berlín, pero antes teníamos que ir a una consulta en el hospital con el oncólogo. Desayunamos, preparé mi equipaje y me metí a duchar. Al salir vi a mi padre sentado en su cama vistiéndose, más bien intentando vestirse: le costaba mucho moverse porque sentía una fatiga enorme. En vez de permanecer a cierta distancia observándolo, que fue mi impulso natural, me acerqué a él, me senté a su lado, lo besé y lo abracé. Se echó a llorar y me dijo: "ya ni siquiera puedo vestirme solo". La escena me partió el corazón. Sigue partiéndomelo cada vez que la recuerdo. Me di cuenta de que mi impulso inicial de retroceso, de distancia, viene causado por mi miedo. Me di cuenta de que a veces sermoneo a los enfermos en lugar de estar junto a ellos y, simplemente, acompañarlos. Lo hago a veces con mi padre y lo hice con mi madre. Me aterra que se mueran y entonces les exijo que estén bien. Y esa mañana del miércoles vencí mi miedo a dar amor: acercándome a su dolor, que es el que de verdad importa, mitigo el mío; abrazando su miedo, puedo acoger el mío.

Fuimos al hospital, a la consulta, y lo ingresaron ese mismo día para extraerle el líquido del pulmón que le provocaba la fatiga. Le han sacado cinco litros. ¿Te imaginas? ¿Cinco litros del pulmón? ¿Cinco kilos? Hoy se encontraba muy bien. Probablemente, si todo va como deseamos y se espera, pueda volver a casa en unos días y seguir su tratamiento sin ese cansancio tan angustiante, llevando una vida razonablemente normal.

Mi vuelo de regreso hacía escala en Ibiza. Era mucho más barato que volar a Berlín directo y además pensé que en esas cuatro horas en la isla podría darme un baño en el mar: del aeropuerto de Ibiza, a pie, hay solo 26 minutos hasta la playa más cercana: hay que salir caminando del recinto aeroportuario y rodear toda la zona restringida. Así que media hora después del aterrizaje estaba nadando desnudo en un agua cristalina, completamente solo en una playa solitaria, mientras los aviones me pasaban por encima justo antes de aterrizar. El agua estaba fría pero permanecí media hora en el agua. Qué paz. El agua, el sol y el estruendo de los aviones. Al salir me sequé al sol, me comí unos bocadillos, leí un rato, volví al aeropuerto y tomé mi avión a Berlín.

El jueves, agotado por el viaje y por haber dormido poco, fui al Montessori a dar clases -las di todas al aire libre- y por la tarde, al regresar, quedé con Talo y compañía para hablar del proyecto que, ya te conté, queremos presentar a la Embajada. De ahí, Talo y yo nos fuimos con Secundino, un amigo artista que inauguraba una expo en Berlín en el Salón Dahlmann. El trabajo de Secundino es extraordinario y el lugar y la inauguración estuvieron a la altura: vino blanco y Creamont desde las 18h en adelante, canapés deliciosos en el jardín, y por último, barra libre de cócteles en el Hildegard, que es un lugar elegantísimo que queda justo debajo y pertenece al propio coleccionista. Mi idea y la de Talo era no quedarnos mucho pero la cosa se alargó: probamos cuatro o cinco cócteles y luego regresamos a la cerveza. Un periodista alemán que era idéntico a un cantante se acercó a mí y comenzó a tirarme fichas. También a Talo. Entonces pensamos que ya era hora de irnos. (Si quisiera acabar aquí esta URRACCA y cerrarla de manera óptima, te diría que el cantante que guardaba gran parecido con el periodista era Nick Cave, pero lo cierto es que era David Bowie.) Salimos, Talo se marchó en su bus y, como al mío le faltaban veinte minutos, volví por donde había venido y Secundino me propuso que subiéramos a la galería a tomar más Creamont con el coleccionista y compañía, rodeados por los cuadros y las piezas de arte. Y así lo hicimos. Llegué a casa a las 4, fumigado.

Ayer y anteayer me quedé aquí durmiendo, descansando, pasando tiempo con María. 

Hoy guié en el Memorial y después vi a Talo y a Kiko, otro pintor, para un café en el HKW. Luego regresé aquí en bici, cené, hablé con mi padre, también con María, y ahora te escribo. Han sido días tan intensos, tan llenos de emociones y circunstancias externas, que me resulta difícil añadir algo más a esta sucesión cronológica de eventos, a este reporte. Tampoco quería contarte otra cosa ni intentar hacer literatura, sólo explicarte cómo estoy, cómo me ha ido, sin mucha retórica. Ya me siento descansado pero sigo también desorientado por tantos cambios y tantas y tan diversas situaciones vividas.

Mañana daré un paseo, nadaré, leeré y escribiré en mi libreta. Poco más le pido al día. 

Te quiero mucho, hermano, y te extraño. 

Abrazos para las chicas de mi parte.

Juan

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