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De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>
Enviado: domingo, 8 de mayo de 2022 07:24 p. m.
Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>
Asunto: Re: Re: URRACCA
Broder querido,
El otro día escribí en mi diario:
"Martes. La Terra Coffee. Leer a Nietzsche me hace replantear cuestiones fundamentales. Por ejemplo, me quita las ganas de buscar un nuevo dios, una nueva patria o cualquier otro chaleco salvavidas para navegar, río abajo, la existencia; también me infunde valor y me motiva a pensar por mí mismo. Yo me he pasado la vida mirando hacia arriba, hacia afuera, hacia los lados, buscando ejemplos y modelos a seguir según los cuales moldear mi pensamiento, mi perspectiva, mi carácter. Toda mi vida he sido una oveja en busca de pastor (un hijo en busca de padre). Y no es que ahora pretenda convertirme en pastor, no me interesa la labor de guiar o ser líder de alguien más. Solo quiero ser mi propio ejemplo a seguir. Ser un punto y aparte, un lobo estepario. Tengo 35 años: ya he viajado suficiente, ya he leído suficiente, ya he mamado suficiente vida como para intentar aportar algo genuinamente mío, algo que no sea una mera 'reacción' a lo último que leí y escuché. Hasta ahora me jactaba de ser una gran antena receptora, una mente siempre abierta y curiosa, desplegada en todas direcciones para nutrirme y captarlo todo. Muy bien, pero basta. Ahora quiero cerrarme poco a poco, florecer a la inversa y, siguiendo el consejo de Nietzsche, dejar de escuchar otras voces (incluso la de Nietzsche) para empezar a escuchar mi propia voz, lo que yo tengo que decir".
¿Pero cómo hace uno para encontrar su propia voz?
¿Dónde se pone la oreja para escucharse a uno mismo?
Ese mismo día o el siguiente leí en El País una noticia cuyo encabezado anunciaba un relato sórdido: "Fallece por sobredosis el hijo de Paul Auster que permanecía en libertad bajo fianza por la muerte de su hija". (Te confieso que hoy en día no suelo leer noticias "importantes", como las previsiones del crecimiento y la inflación según el Banco Interamericano de Desarrollo, o las últimas declaraciones del secretario general de la ONU con respecto a la guerra en Ucrania; en cambio, siempre encuentro hueco en mi rutina para leer noticias morbosas o extravagantes, como esta otra que encontré antier, también en El País: "Hombre fallecido tras recibir un trasplante de corazón de cerdo estaba infectado por un virus porcino"). En fin. Resulta que el hijo de Auster se llamaba Daniel y era hijo también de otra escritora, Lydia Davis. Al terminar de leer la noticia me puse a buscar el nombre de ella, la madre, para ver si encontraba alguna declaración con respecto a la muerte de Daniel, algo que saciara mi morbosa sed vampiresca. Nada. En cambio, durante mi búsqueda descubrí que Lydia Davis es una escritora reputada, sobre todo de relatos cortos, y encontré un artículo en el que ella hablaba de hábitos de escritura que le resultaban saludables. Uno de ellos decía: "Toma notas continuamente. Esto aguzará tus poderes de observación y tu capacidad expresiva. Con ello se establece un ciclo virtuoso: el hábito de tomar notas te llevará inevitablemente a observar más; y al observar más, tendrás más cosas que anotar".
El consejo de Lydia Davis me pareció una buena estrategia para empezar a buscar mi voz. Decidí ponerlo en práctica y casarlo con otro consejo de Nietzsche, quien decía que solo los pensamientos que surgen durante caminatas y al aire libre son los que tienen valor alguno. Así que me salí a caminar, libreta en mano, y añadí un elemento mío a la ecuación: mi Nikon F3. Desde entonces procuro hacer eso todas las tardes o ante cualquier pretexto: salir a caminar sin rumbo, a solas o con Lenú, pero con la única intención de avanzar y observar y escucharme a mí mismo. Tomando notas, sí, pero sobre todo sacando fotos.
Una de las primeras notas que escribí apunta precisamente a esto último: "Soy más fotógrafo que escritor porque me aproximo a la fotografía con mayor soltura, con mayor libertad. Porque el milagro sucede tan pronto salgo a caminar con la cámara en mano. Porque me divierto y me emociono en el proceso mismo, sin pensar demasiado en el resultado, el producto final, las repercusiones. Y porque ni siquiera necesito llamarme a mí mismo fotógrafo para justificar lo que hago".
No sé, sin embargo, si soy mejor fotógrafo que escritor, pero en todo caso creo que mi aproximación tan genuina y orgánica hacia la fotografía me está enseñando el camino que debo seguir con la escritura, lo cual apunta nuevamente a muchas de las cosas que ya hemos dicho tú y yo durante nuestras conversaciones. Me refiero concretamente al no querer imponer un resultado antes de siquiera empezar; a confiar en la mirada, en la intuición. Por ejemplo, cuando estoy en la calle nunca sé de antemano qué es lo que voy a fotografiar, y ni siquiera me lo pregunto. Basta con recordar que tengo la cámara conmigo para que tarde o temprano (y suele ser más temprano que tarde) suceda el milagro: la vitrina reflejante de una tienda que se convierte en el espejo de un autorretrato, o un tranvía que se detiene frente a mí con las puertas abiertas, o un jardín atiborrado de flores azules con una flor blanca al centro. Clic, clic, clic. Y quién sabe si las fotos saldrán bien o no, la única certeza es que nunca serán tal cual como las imaginé cuando decidí ese encuadre, esa apertura del lente, esa velocidad de obturación. Y dentro de dos semanas o dos meses, cuando sea que revele esas fotos, encontraré ahí imágenes y lugares que ya había olvidado por completo (esa vitrina, ese tranvía) o que ya ni siquiera existen (ese jardín de flores azules); y las sorpresas y las decepciones que me llevaré al comprobar el resultado son parte misma del proceso creativo, de hecho son parte fundamental del proceso creativo, porque ese factor de olvido, sorpresa y redescubrimiento es lo que más me emociona de sacar fotos. En cambio, mi proceso con la escritura se parece al de un fotógrafo que persigue atardeceres con una cámara digital y saca cientos de fotos de una misma puesta de sol, mirando la pantalla de la cámara tras cada toma, siempre buscando un mejor encuadre, un mejor enfoque, una mayor nitidez. E independientemente del resultado final, incluso si logra la foto "perfecta" tal cual la había imaginado, el proceso se vuelve desgastante, repetitivo, carente de emoción y espontaneidad. No me sorprende, por lo tanto, que yo disfrute más de salir a sacar fotos que de sentarme a escribir y reescribir el primer párrafo de mi próxima novela.
"El estilo de un artista es como una rayadura en el lente de su cámara. Es algo que está ahí -un defecto, dirían algunos-, presente en cada foto que toma. Un lente perfecto, en cambio, es como el lienzo de un pintor de Montmatre: un registro fidedigno pero idéntico al de los otros veinte dibujantes que están ahí en la misma plaza. El estilo del artista es la rayadura en su ojo (su mano, su mente, su corazón). Hay artistas que nacen con el ojo rayado; otros -los más- se lo rayan en el camino".
Estos días son así, hermano mío. Raros, maravillosos. Si de algo estoy orgulloso es de que la vida me siga pareciendo tan misteriosa a mis 35 años de edad. Mi cotidiano y mi rutina son un río cuyas aguas nunca son las mismas. Para eso me ayuda la filosofía: para sumergirme cada día en aguas nuevas. Nunca quiero sentar cabeza si eso significa cambiar mi río por una piscina, y poco importa si mi río se irá secando poco a poco hasta convertirse en un hilito de agua, hacia el final de mis días. Pero no nos adelantemos, broder querido, porque hoy te escribo desde un río caudaloso desde el cual se escucha el rumor creciente de una enorme cascada que está cada vez más próxima, cada vez más ruidosa. Las gotas que saltan del horizonte me refrescan la cara, anuncian un arrastre vertiginoso, primigenio. Es un rugido tierno, el llanto ensordecedor de un recién nacido.
Por impredecibles, por imperfectas, nuestras cartas en URRACCA son polaroids en palabras.
Te quiero mucho, hermano mío.
Un gran abrazo, desde el río.
Alessandro