#47

De: Alessandro Triacca <triakka@hotmail.com>

Enviado: domingo, 22 de mayo de 2022 09:59 p. m.

Para: Juan Mut <elamorensancha@gmail.com>

Asunto: Re: Re: URRACCA


Broder querido,

Hace algunos meses, quizá más de un año, debí participar desde mi casa en una videoconferencia para "conocer" a los nuevos miembros de mi equipo de trabajo. Había unas treinta personas en la llamada, y debíamos presentarnos una por una. Para romper el hielo, se nos pidió que mencionáramos algún objeto que fuera importante para nosotros, o relatar alguna anécdota divertida. Como siempre en estas situaciones, yo me pasé toda la conferencia planeando lo que diría. Primero, pensé en hablar de la Nikon F3, la cámara que me regaló mi padre y que a mi padre le trajo mi abuela materna directamente desde la fábrica de Nikon, en Japón, en 1980. Luego pensé en hablarles del diario de Lenú (el mismo en el que tú escribiste unas líneas maravillosas durante tu visita a Praga), y explicarles cómo pretendo con ese diario dejarle a mi hija un testimonio de estos primeros años de vida que ella no podrá recordar. Pensé en esos dos objetos porque son las dos cosas que intentaría salvar del fuego en caso de un incendio: lo demás podría arder sin demasiadas consideraciones. Pero cuando fue mi turno de hablar me sudaron las manos, pensé que mencionar la Nikon o el diario resultaría cursi, demasiado íntimo, así que cambié de parecer y decidí relatar una anécdota cool, chistosa, divertida, algo que me dejara bien parado ante los ojos de esos desconocidos. Así que opté por la historia de cuando le serví unos cocteles fallidos a Will Smith en Lizard Island, en Australia. La anécdota es buena, pero la conté mal, y en lugar de dar risa di lástima. Todos se quedaron callados cuando terminé de hablar, ni siquiera habían entendido que ya había finalizado la historia. Sentí una vergüenza enorme. Juliette, que estaba a mi lado (pero fuera de cámara), empezó a doblarse de la risa. Me dijo que nunca me había visto tan incómodo, tan torpe, tan socialmente obtuso. Fue tal la humillación que sentí (no sé por qué, si tampoco fue para tanto) que esa noche me desperté sofocado en la madrugada, y una frase en inglés saltó entonces a mi cabeza, con insistencia, y tuve que levantarme a escribirla en un post-it:

Better real than cool. Always.

El jueves pasado asistí al concierto de The Smile, una banda de rock integrada por tres músicos de primera categoría, dos de ellos los miembros más talentosos de Radiohead: Thom Yorke y Jonny Greenwood. Yo nunca he sido uno de esos rabiosos aficionados a Radiohead. De hecho, hace unos diez o quince años yo tenía una entrada para ir a verlos a uno de esos conciertos multitudinarios en el Foro Sol, pero terminé revendiendo mi boleto para gastarme ese dinero de alguna manera más provechosa, es decir, en cubas y cervezas. Sin embargo, por los azares peregrinos de mis obsesiones estacionales, comencé en semanas recientes a repasar con mucho cuidado toda la discografía de Radiohead, de la mano de un podcast donde hablaban con mucho detalle y conocimiento de causa sobre su trayectoria. Lo que me motivó a hacer esa exploración fue la misma curiosidad que desde hace años me mueve a adentrarme en temas como la música clásica o la poesía, es decir, para intentar abrir la puerta y asomarme a mundos que otros -gente que admiro o respeto- dicen que son mundos maravillosos. En fin. La historia de Radiohead es muy aleccionadora, porque alcanzaron una fama casi instantánea y desmedida con su primer sencillo, Creep. Sin embargo, al parecer ellos no tenían en mente convertirse en una de esas bandas que llenan estadios, no tan pronto al menos. Su prioridad era llevar a cabo una exploración musical genuina y mucho más elaborada de lo que representaba Creep. Así que a partir de ese momento (y aprovechando el trampolín de su fama) comenzaron a tomar las riendas de su música, alejándose con cada nuevo álbum de su álbum inmediatamente anterior, rompiendo sus cadenas con las grandes casas discográficas y arrastrando a sus seguidores por caminos cada vez más experimentales y difíciles de transitar: nuevos sonidos, nuevos ritmos, nuevos instrumentos, hasta dejar de ser una banda de rock para convertirse en lo que son ahora: algo difícil de categorizar, un híbrido extraño y de cierta forma ajeno a su entorno. En sus momentos más brillantes, la música de Radiohead no es representativa de su tiempo, no evoca una década o una tendencia en específico, ni aboca tampoco a la nostalgia. Es más bien una música que parece flotar sobre nuestras cabezas. No es lugar aquí para repasar el resto de la larga historia de la banda, pero basta con decir que al terminar el recorrido yo me quité el sombrero y lo arrojé por la ventana. Ese mismo día, por mera curiosidad (o como intuyendo un destino), quise saber si Radiohead había tocado alguna vez en Praga. Lo que descubrí, en cambio, es que Thom York y Jonny Greenwood habían formado una nueva banda, y que estaban por lanzar su primer álbum, y que como parte de ese lanzamiento harían una pequeña gira por Europa, y que en dos semanas vendrían a Praga. La coincidencia (la fortuna) me pareció ominosa. 

Compré mi boleto la mañana misma del día del concierto. Había esperado hasta el final porque, por un lado, me dolía el codo (el boleto costaba 60 euros, entrada general) y porque no sabía si la situación con el embarazo de Juliette me permitiría asistir, y también era probable que Matteo ya hubiese nacido para entonces. Pensaba, además, que los boletos se agotarían rápidamente, lo cual me liberaría de tomar la decisión Pero nada de eso sucedió: ni nació Matteo, ni se agotaron los boletos, y ese día Juliette se sentía particularmente bien. 

Lo que más me emocionaba de ir a ese concierto era poder ver y escuchar a tremendos músicos en una sala pequeña. Pensé que si ver un concierto de Radiohead  en un gran estadio era como asistir a la final de la Champions League en el Bernabéu, el concierto de The Smile en el Fórum Karlín sería como ver a Messi pelotear en el jardín de su casa. También me emocionaba ir a solas, estar a mis anchas, sin concesiones hacia nadie. Llegué al Fórum Karlín pasadas las ocho de la noche. El Fórum Karlín es el mismo recinto al que fuimos contigo, aquel domingo de cruda, a ver la exposición interactiva de Van Gogh. Eso fue lo primero que pensé en cuanto entré: lo raro que me resultaba imaginarnos ahí, echados sobre el piso, con Lenú danzando por las paredes. Esta vez la sala parecía más grande, o más pequeña, o en realidad parecía lo que es: un gran espacio rectangular. Frente al escenario ya se había congregado un núcleo sólido de personas expectantes. Como aún era temprano y como no tenía nada mejor que hacer, yo me dediqué a rodear ese núcleo para intentar definir mi lugar definitivo durante el concierto. Caminé de un costado al otro, una y otra vez. En ese peregrinaje una frase saltó a mi cabeza, y la anoté en mi libreta: 

Quien está en movimiento es porque no ha encontrado su lugar. 

La frase describía mi situación inmediata en el concierto, pero también mi situación vital, mis diez años de exilio, de vida nómada en compañía de Juliette y ahora con Elena y Matteo. En fin. Terminé optando por el costado izquierdo del escenario, porque desde ahí me parecía que tendría una mejor visibilidad. En realidad, poco importaba mi posición, porque el lugar era chico y se veía bien de todos lados (esa misma conclusión también podría aplicarse a mis exilios: la vida, a final de cuentas, se ve de cerca en todos lados).

El telonero fue un músico estadounidense llamado Robert Stillman, el cual, cuando se presentó en el escenario, dijo una frase que me gustó: Good evening. I'm here to expand and prepare the space for the music of The Smile. Su acto fue breve, minimalista, un tanto onírico. Con teclados, un saxofón y otros instrumentos más misteriosos logró lo que había prometido: ponernos en sintonía. 

Fue hasta las nueve y media cuando apareció The Smile sobre el escenario. La suerte me sonrió porque Thom Yorke se colocó en el costado izquierdo, así que lo tenía frente a mí, a escasos cinco o seis metros de distancia. Ver de cerca a alguien así de famoso siempre me ha resultado una experiencia electrizante. En nuestro imaginario pop este tipo de gente tiene la misma omnipresencia que Jesucristo, y verlo ahí, tan cerca de mí, tan chaparro, tan común y corriente, me puso la piel de gallina.

Tras una brevísima reverencia, los tres músicos se colocaron detrás de sus instrumentos y empezaron a tocar. De inmediato la calidad acústica en la sala me dejó estupefacto. Bastaba con que yo pusiera mis ojos en las manos de York o de Greenwood o del baterista para poder diferenciar con absoluta nitidez el sonido exacto que estaban produciendo cada uno con sus respectivos instrumentos. Jamás había experimentado esa precisión acústica en un concierto de rock. Además, el hecho de no conocer las canciones me permitía enfocarme en la música misma, sin querer reconocerla, más bien descubriéndola, dejándome sorprender en el proceso. Al finalizar la segunda canción, Jonny Greenwood, quien sostenía un bajo eléctrico en posición vertical y lo hacía sonar con un arco de violonchelo, se siguió de largo con lo que estaba tocando, uno, dos, tres minutos, con los ojos cerrados, hasta que Thom Yorke cruzó miradas con el baterista, sonrió, y se acercó discretamente a Greenwood, le tocó un hombro y lo sacó de su trance. Greenwood abrió de sopetón los ojos, se puso de pie de un salto y agitó las manos como disculpándose. Luego corrió detrás del piano para alistarse para la siguiente canción, y mientras tomaba asiento lo vi llevarse las manos al pelo, como reprendiéndose a sí mismo, o francamente avergonzado por lo que había ocurrido. Esa escena me conmovió. Entendí que a Jonny Greenwood le daba igual estar tocando aquí frente a mil personas, o frente a hordas incontables en Glastonbury, o a solas en el salón de su casa. Porque era evidente que lo que verdaderamente le importa es hacer música, perderse en ella. Y esa aproximación tan genuina, tan continuamente arriesgada, es lo que le ha permitido a Radiohead sostenerse tan alto por tanto tiempo. Porque los artistas son artistas solo cuando continúan arriesgándose, lanzándose al vacío, repeliendo sus fórmulas, los caminos andados. Porque en ese extraviarse es donde se puede manifestar o donde puede realmente germinar la obra genuina, intuitiva, real, casi infantil, que es la que mueve a todo artista en primera instancia. Y quizás lo difícil no es encontrar esa pulsión primigenia (todos la tenemos, en la infancia) sino mantenerla a pesar del paso del tiempo, a pesar de la fama, a pesar del cinismo y del cansancio que acarrea la rutina y la existencia: el pensar que a una cierta edad ya lo sabemos todo y nada puede sorprendernos. Entendí que estos músicos son tan buenos porque siguen enamorados profundamente de la música. Y eso se siente, se nota, se escucha. Y sé que el día que dejen de sentir esa pasión dejarán también los escenarios. Porque los grandes artistas suelen tener, también, una gran integridad artística.

Durante la segunda mitad del concierto pasé gran parte del tiempo con los ojos cerrados. Para entonces ya había saciado mi curiosidad morbosa por observar sus rostros y fijarlos en mi memoria, y ahora podía dedicarme a escuchar de lleno la música. Vaya privilegio, vaya experiencia deslumbrante.  El concierto duró poco más de hora y media. El tiempo justo y necesario, porque mi espalda y mis rodillas ya estaban por ceder al peso de mi cuerpo. No quiero sonar como el típico padre de familia (que lo soy), pero cuánto cansa estar tanto tiempo de pie. 

Salí del concierto temblando de inspiración y cansancio. Pensaba entonces en lo que dijiste en tu última carta, sobre los seres humanos como delgadas barras de plata alemana que canalizan la electricidad que hay en su entorno. En una entrevista, Thom Yorke decía que él se atrevió a comenzar a explorar el falsetto en su vocalización tras presenciar un concierto de Jeff Buckley. La electricidad que emanó de Jeff Buckley se transmitió a Thom York, y treinta años después Thom York me la transmitió intacta a mí. Somos barras delgadas de plata alemana. Al salir del concierto fui casi corriendo (aunque cojeando) al bar más cercano para anotar el manifiesto que será rector de mi proyecto en ciernes:

Better real than cool
Better real than funny,
Better real than smart, 
Better real than pleasing, 
Better real than fun,
Better real than expected,
Better real than weird,
Better risky than real. 

En otra de mis cartas te hablé de mi único propósito para este 2022: llegar en plena forma al nacimiento de mi hijo. Pero había un segundo propósito que ni yo mismo me había permitido enunciar: llegar con un proyecto vivo al nacimiento de mi hijo.

Mi hijo en ciernes se llama Matteo.
Mi proyecto en ciernes se llama Todos los días son necesarios. 
Ambos están vivos, y quieren crecer.
Pero antes tienen que nacer. 
Ver la luz.
Y sus progenitores debemos parir. 
En eso estamos.

Un abrazo 
inmenso, 
de barra a barra. 

Te quiero. 


Alessandro 

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